Antoñita Moreno, en una foto de Pepe Camacho
Antoñita Moreno, en una foto de Pepe Camacho - ABC
Reloj de arena

Antoñita Moreno Valiente, el sueño de Demófilo

Se cuenta que en un balcón de Sierpes dejó un lujo de gusto y poderío improvisando saetas escritas en el alma

SevillaActualizado:

Las radios eran de cretona. Los pucheros sin alardes. El jabón verde era el de las estrellas humildes de los lebrillos comunales. La necesidad habitaba en los corrales de albahaca y remiendos. A la alegría había que buscarla en las plazas de toros y en los teatros. También, como algunas golondrinas, en los balcones de San Lorenzo, donde una chiquilla de la Puebla del Río, se agarraba a los jierros para cantarle al Cisquero: «Hay un grito de dolor/cuando Sevilla contempla/ la cara de padecé/ y de rodillas le canta/ al Señor del Gran Poder». Antoñita Moreno Valiente salió de una casa cuartel de la Puebla del Río, donde su padre Manolo lo daba todo por la Patria, llevando el pellizco del arte en la garganta y en el alma. Al cielo de sus saetas se le fueron todos los hermanos sintiendo los puñales de la ausencia demasiado pronto.

Con esa maleta de dolor y pérdida llegó, con doce añitos, al teatro San Fernando para dejar al público con la boca abierta y el corazón encogido. Qué saeta cantó la niña. Con ella siempre era Semana Santa en Sevilla. Se cuenta que en un balcón de la calle Sierpes dejó un lujo de gusto y poderío improvisando saetas escritas con el alma de su fe.

Y desde la Puebla del Río, con la fuerza que tienen los elegidos, se proyectó hacia el mundo. Encandiló a Edith Piaff y a Libertad Lamarque en México. Sedujo a John Wayne que, en Puerto Rico, cuando las giras trasatlánticas la llevaban hasta la tierra borinquen, iba a verla salir antes que nadie de su camerino. Impresionó a Orson Wells, que la hizo rodar la película «Mister Arkadin» y le propuso conocer de cerca al león de la Metro, invitándola a trabajar en Hollywood. Al Fidel prerrevolucionario lo conoció en La Habana, cuando ni el poder ni los años habían corrompido ni sus ideas ni su linda y cementera cara.

Y Fraga Iribarne, el amo de las calles del franquismo, le rendía pleitesía, con lo gallego y suyo que era. Parecía que Antoñita Moreno, una folclorista completa, de las que soñaba Demófilo para distinguir entre la verdad del folclore y el cuento del postizo, había venido al mundo para viajar cantando. Cantando y embobando desde el puentecito de San Rafael a la carretera de Asturias. Cantó por derecho lo que quiso y como quiso. Desde una sardana a una jota. Desde un fandango de Huelva a una muñeira. Y ese caudal impetuoso que movía los sentimientos del terruño fue capaz de conjugarlos en los escenarios de los festivales de España. Para hacer tanta o más patria que la que su queridísimo padre Manolo hizo en la benemérita. Se le reconoció su españolidad con el lazo de Isabel la Católica. Y falta que Andalucía le conceda la suya que ya es hora…

Solo se le conoce una situación de naufragio. Tras actuar en La Habana, una tremenda avería en el barco, la obligó a ella y a toda su compañía a desembarcar en las Bermudas. El barco no se fue a pique. Pero la que de verdad seguía navegando con el viento a favor de la goleta de su arte era aquella mujer que desde EE.UU. a Venezuela, donde conoció a la sensual actriz mexicana María Félix para abrochar una larguísima amistad, se paseó por el mundo para encandilarlo con su «Sortija de oro» y calentarle los motores de la picardía con «El cordón de mi corpiño», mi niño, que no lo puedo cortar. Dos temas universales en el repertorio de la señora. Gozó del fino tacto que te da saber tratar el sistema de pesas y medidas de París. Manejó divinamente las distancias. Yo aquí; tu en donde te quieras poner.

Pero sin salpicar. Todo lo que vivió, sintió y compartió se lo quedó para ella. Hasta aquella «Ausencia» que le escribió Carmen Conde. Negándose a ir a las carnicerías de los platós televisivos para vender los higadillos de nadie. La única exclusiva que estaba en venta era su arte. Lo demás le era tan ajeno como la vida al adoquín. Siempre sintió pasión por los animales. No era infrecuente verla salir a saludar tras sus actuaciones con los perros que le hacían compañía. Es verdad que la música amansa a las fieras.

Y ella, Valiente por apellido y carácter, se pegó treinta y cinco días en la Rusia soviética, poniendo bocabajo los teatros de Moscú, Leningrado, Kiev, Riga y Tiflis. Lo suyo sí que fue una revolución sin necesidad de asaltar el Palacio de Invierno. Tiene calles en su pueblo y en Mazarrón y en la revista Forbes debió aparecer como una de las pocas folcloristas españolas a la que le funcionó el corazón y el cerebro a la hora de los negocios. Un buen día dejó su penthouse con vistas al mar de Alicante para buscar al este de Sevilla las palmeras que sombreaban el palacio del rey faraón para el que los moros hicieron su sortija de oro… Allí vive contemplando cómo algunos rompen la España que ella cosió cantándole desde Ayamonte a Vendrell con todo su afecto.