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Silencio del Gran Poder

La venganza no tiene sitio en el rincón de San Lorenzo donde la ciudad ha depositado lo mejor de sí misma

Día 22/06/2010 - 07.02h
«Como una sola voz, enronquecida, / se iba oyendo la saña, la locura. / ¿Qué respuesta daría tu dulzura / a ese fragor haciéndote otra herida?» Se lo preguntaba María de los Reyes Fuentes al Cristo silencioso que espera el horror de la Pasión con esa dulzura que nadie sabe explicar porque no es de este mundo. Murió la poeta bajo la fría lluvia del febrero que pasó como todo pasa en la vida, pero sus versos se quedaron para explicarnos lo que sucedió en la tarde caldeada de junio. Ante el atropello de la locura, los ojos que siguen clavados en los náufragos que buscan ese rostro como si les fuera la vida en ello: «Tu mirada, doliente y conmovida / —qué flor más enraizada de ternura, / qué faro destacando tu figura—, / dejaste en el tumulto detenida».
Cuando la Semana Santa no sabe a dónde ir, llega el Gran Poder y vuelve a marcar el rumbo con su zancada insobornable. Aunque lo haga de esa forma tan barroca que se conoce con el nombre de paradoja. Quien fue humillado y escarnecido se presta una y mil veces a la ofensa que nos muestra el camino, la verdad y la vida. El cristianismo supuso una revolución porque el Gran Poder del Cristo no se manifestó con los inexistentes batallones que le servían a Lenin para mofarse del Vaticano, ni con el oro que algunos atesoraron sin leer la parábola de los lirios del campo. La revolución del cristianismo llegó de la mano tendida del perdón, del brazo que se ofrece como la tercera mejilla para que alguien lo rompa de cuajo.
El cristianismo es perdón o no es nada. No hay movimiento que se le puede comparar en el universo ni en su historia. Por eso el Gran Poder puede con todo lo que le echen, lo que le digan, lo que le hagan. La blasfemia y el ataque a su imponente figura no son más que un regreso al pretorio, al patio de Caifás, a la calle de la Amargura, al monte de la Calavera. Ese perdón que se adivina en el rostro de Jesús del Gran Poder es el que obliga al articulista, torpe hoy como nunca, a escribir en voz baja. Casi susurrando. Como si las palabras pesaran menos que el aire vacío del camarín. Como si fueran esos rezos apagados por el dolor que el Nazareno escucha desde la noche de los tiempos. Son las palabras que nos envía desde la otra orilla de la Verdad la mujer que le escribió al silencio infinito de Dios. «Y para más contraste a la demencia, / al odio y al estruendo del gentío, / contestaste además, tras la mirada, / con otro gesto de tu gran paciencia:/ tu silencio, Señor, qué desafío, / qué modo de decir sin decir nada».
No se alzará ninguna mano para responder la afrenta. La venganza no tiene sitio en el rincón de San Lorenzo donde la ciudad ha depositado lo mejor de sí misma, los sedimentos que allí han ido dejando los náufragos de la vida que se acercan con la mano en el corazón y con el corazón entre sus manos. Allí habita el perdón, esa forma suprema del olvido. Allí brota el silencio fecundo de Dios que golpea suavemente el aldabón de la conciencia. No habrá venganzas. No. El Gran Poder no es de madera. Es esa astilla que un día alguien —madre, padre, hermano, esposa— nos clavó para siempre en el corazón.
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