De lo que fue, nada es. Se soliviantaba todo —y se soliviantaban todos— cuando el capataz, Jaime, anunciaba que vendría la señora. Por la tarde, asomaba el morro el viejo Mercedes que conducía, uniformado, Críspulo, que hasta el nombre parecía buscado para el chofer; o el aire de mecedora de aquel Dyane 6 que conducía Cano, el administrador; o llegaba Manuela, la asistenta para todo. Gabriel, el viejo maestro de molino, esperaba impaciente y destocado. En el jardín, retocando rosas o podando evónimos, Ignacio, el jardinero, un hombre delicado que, como su hermano Valentín, halló en las flores lo que en el campo hubiese resultado muy duro para sus manos, porque aquellas manos iban de las flores a los periódicos.
El corazón del molino, en los sesenta, sonaba en los rulos, en el trajín laborero de Pedro el tractorista, en los aceituneros que llegaban con sus bestias o sus tractores a dejar la aceituna. Dos palmeras sostenían, como dos columnas, el cielo cuadrado del patio de la hacienda. En éste, cuadras, oficina, cochera… Y el molino. Paredaño al patio, el jardín como recreo del patio de la casa señorial. A la entrada de la hacienda, en el arco, la casa del capataz. Lo heterogéneo del molino se homogeneizaba en una sola palabra: vida. Habría que ver el retrato de don José Ortega y Gasset —emparentado con los dueños— en aquel patio tras la bellísima cancela. Volví al molino la otra tarde, para saber de él. Expropiado, el molino es otro. Mañana, es posible, será un esplendor municipal; hoy es una ruina galopante que muerde las señas de riqueza y de belleza que siempre tuvo la Hacienda el Santo Ángel, claustro laboral de mi adolescencia y primera juventud. La almazara, cerrada —tumba de tiempos de molienda—; la casa del capataz, derruida para evitar ruina mayor. Cuadra, cochera y oficina, entre puertas cerradas y vallas que cierran abandono y decadencia. El viento tiró la palmera más alta, como señal de que todo empezaba a caerse. El jardín, abandonado entre yerbajos. Quizá de pena —al imaginarlo así— habrá muerto Ignacio el jardinero. El molinero, bajo la parra del antepatio, sintió en los labios el sabor de un aceite distinto, un aceite labial rebosado de una lechuza. Se sintió muchacho. Y triste. Entre tanta ruina, imaginó los ojos de su padre, verdes de tanto mirar aceites y aceitunas, la juventud de su hermano, todos sus sueños de entonces. Y le pareció ver al fantasma de Críspulo conduciendo el viejo Mercedes convertido en coche funerario: dentro iba el cadáver del molino. Gines, resucítalo.
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