Sábado, 15-11-08
ASEGURABA Disraeli que, si una casa está en llamas, lo sensato es avisar a los bomberos. ¡Nos ha jodío mayo con no llover a tiempo! ¡Vaya clarividencia la de Disraeli! ¿Y para ese viaje al país de Perogrullo hay que hurgar en la alforja de las frases célebres? Es obvio que no y que nuestro invitado (un gran conservador, un vanidoso empedernido y un mujeriego sin remedio) nos guiará más lejos. El sentido común ha sido siempre un bien escaso y los salteadores del proceder juicioso, de la ponderación y del criterio, proliferaban en la Inglaterra victoriana tanto como hoy en día, después de siglo y medio. Ciento cincuenta años de muerte a discreción y de horrores sin cuento nos han hecho más ricos -aunque ahora no nos llegue- pero no más cuerdos. Regresemos, entonces, a la metáfora incendiaria que acuñara el amigo Disraeli (Benjamín Disraeli, tan sefardí de origen que casi es un pariente) y podrán comprobar hasta qué punto se ajusta a los parámetros de la rabiosa actualidad lo que en ella plantea. De la rabiosa actualidad, en efecto. ¡Tres hurras por el tópico y por los gacetilleros! ¿O es que hay alguien aún que no espume de rabia al contemplar el panorama en que estamos inmersos?
Ante una casa en llamas, la sensatez prescribe que hay que avisar a los bomberos. ¿De acuerdo? Pues de acuerdo. «Sin embargo -remacharía el líder «tory» con una mezcla de sorna y de tristeza- siempre aparece algún alienado que considera que lo prioritario es inventar un extintor, no atajar el fuego». Dentro de apenas unas horas podremos comprobar hasta qué punto el inefable Rodríguez Zapatero echa mano del casco y la manguera, o si, por el contrario, acaba comportándose como el lunático del cuento. Todo hace suponer que nuestro presidente alberga la intención de presentar en Washington un nuevo modelo de extintor que es cualquier cosa menos nuevo. Experto en descubrir mediterráneos y en transformar las charcas en océanos, el señor Zapatero acaba de inventarse el socialismo democrático y está igual que un chiquillo con zapatos nuevos. Sería injusto -amén de improcedente- comparar ese derroche de inventiva con los sublimes inventos del TBO: el profesor Franz de Copenhague era un genio majara, en absoluto un majadero. Lo cual no es óbice para reconocer que el disparate es digno de pasar, sino a la historia, a la historieta. No desentonaría, por poner un ejemplo, en el tabuco desquiciado del Doctor Bacterio. Y ni que decir tiene que cualquier semejanza con el laboratorio ideológico del pensador Jesús Ciruela -que no sabía escribir y puso escuela- es mera coincidencia. ¿Qué su gracia es Caldera, don Jesús Caldera? Quite, hombre, quite... Caldera y el pensamiento se repelen.
Rodríguez Zapatero es -parafraseando a Michael Oakeshott- el prototipo de aquellos gobernantes que forjan la desgracia de los pueblos. Aquellos que, so capa del interés social, del igualitarismo y de un interminable etcétera, abusan del poder a rienda suelta. Aquellos que se ciñen la armadura de desfacer entuertos y buscan un dragón que alancear hasta debajo de las piedras. ¿Caerá la hidra liberal a los pies del heroico Rodríguez Zapatero? ¿Hipnotizará a la encumbrada concurrencia tatareando el sermón de la montaña a la manera de Sinatra; o sea, a su manera? Bienaventurados los progres -de espíritu y de mente- porque suyo es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos -sin corazón y sin reflejos- porque ellos heredarán la tierra. Conociendo el percal, lo único seguro es que, tarde o temprano, el señor Zapatero se subirá a la parra y se pondrá flamenco. Desafinando, por supuesto, y en plan impertinente. Lo pertinente era tirar de una rumbita de «Ketama» que ni hecha de encargo vendría más a huevo. «No estamos locos / sabemos lo que queremos...». Se la regalas a George Bush y el gesto diplomático te sale por veinte euros. Tanta memoria histórica y ya nadie se acuerda de la convulsa estampa de Bill Clinton dando alegría a tu cuerpo, Macarena. «No estamos locos / sabemos lo que queremos...». Un mensaje rotundo, aquilatado y neto. Al lado del extintor socialdemócrata no hay ninguna locura que no resulte cuerda.
