Lunes, 22-06-09
ESA mujer, la viuda de Eduardo Puelles, es una nueva vestal de la dignidad y del coraje. A lo largo de todos estos años de plomo y rabia, un grupo de mujeres valientes y enteras ha mantenido vivo el fuego de la memoria de las víctimas del terrorismo como testimonio moral de la resistencia y del dolor. Madres, viudas, hermanas, hijas. Pilar Ruiz, Ana Iríbar, Teresa Jiménez Becerril, Conchita Martín, Maite Pagaza, Sandra Carrasco, Mari Mar Blanco y tantas otras han arrastrado su desgarro interior a través de una lucha indomable contra el olvido y la desidia, contra la anestesia y el conformismo. La democracia española tiene con ellas una deuda de gratitud por su tenaz, irrenunciable y no siempre comprendida aspiración a una justicia sin transacciones. Ellas han sido la primera fuente de energía frente al desfallecimiento y el último depósito de legitimidad ante el desengaño. Se han enfrentado al relativismo, a la apatía, al oportunismo y al desamparo. Y han construido un clima de sacrificio capaz de soportar el desafío agónico de la defensa de la libertad.
Abrazada a la bandera-sudario de su marido asesinado, Paqui Hernández ha sido la última en incorporarse a su pesar a este coro de antígonas del sufrimiento. Su demoledor testimonio de firmeza representa un puñetazo de rebeldía en la conciencia de ese sector de la sociedad vasca amodorrado en el silencio acomodaticio de la indiferencia. Un revulsivo emocional, una sacudida ética, un relámpago de determinación en la atmósfera tensa y eléctrica del drama. Sin lágrimas -«no me veréis llorar»-, sin quebranto, sin lamentos; con un orgullo templado y solemne, con la convicción impetuosa y torrencial de una heroína trágica.
Hay en el alegato de viuda de Puelles un mensaje de rotunda potencia moral, un llamamiento indeclinable contra el desmayo, la resignación o la flaqueza de espíritu. El mensaje de Ermua, retoñado tras años de vacilaciones, inercias, pasividades, renuncias y falsos atajos. El discurso de la valentía y el denuedo, de la responsabilidad y el coraje. Un grito de serena entereza, una vigorosa repulsa de la apatía, de la ambigüedad y del desaliento que puede y debe ser el punto de inflexión para un tiempo distinto y una respuesta diferente.
Porque hay un clima diferente y una voluntad distinta. Porque nunca había sonado el himno nacional en el entierro de un policía en Bilbao. Porque nunca se había oído a un lendakari apostar sin matices por la derrota del terror. Porque se palpa el retorno del hálito unitario de Ermua, conservado por las víctimas en el altar del respeto, de la memoria y de la decencia, al fondo de un marasmo de desconsuelo y de sangre. Es hora de transformar los símbolos de esta renacida esperanza en un liderazgo social y político que no desmerezca ese anhelo. Puede que no haya otra oportunidad como ésta.
