Actualizado Jueves , 10-06-10 a las 07 : 11
Definitivamente esto no es una crisis. Es un salto aéreo donde el paracaídas no se abre. Y el suelo se estrella contra nuestra cara. Se acabó. Estamos llegando a la última página de un libro maravilloso en el que vivimos creyéndonos ricos y pensando que la necesidad era una cuestión lejana, casi ajena y a la que se le dedicaba, para tranquilizar conciencias, el 0,7 por ciento de nuestro alegre dinero. Nadie esperaba un final tan duro y trágico para un libro tan estupendo y divertido. Comenzamos con dinero muy barato, fácilmente adquirible, bebiendo champán en los dorados zapatos del bienestar, endeudándonos por dos generaciones y viajando el fin de semana a Nueva York a comprar en V Avenida como el que se va a Los Palacios a por tomates gordos y rojos. Hemos vivido un sueño como los que narraba Scott Fitzgerald en sus azuladas novelas sobre el dinero y el lujo. Y nos encontramos que a tres páginas del final del libro, la casa se hunde, el propietario empobrece y las sábanas blancas de la ruina cubren los carísimos muebles del palacete como fantasmas desvaídos de un tiempo que no sabemos a qué grado de pobreza nos llevará.
Los técnicos y los políticos nos aconsejan que para salir de tan penosa situación hay que adelgazar al Estado. Por lo visto, el Estado del bienestar, había engordado lo suyo, tiene el colesterol por las nubes y los triglicéridos se multiplicaron como los negros por los semáforos, por lo que es muy recomendable adelgazar. El Estado necesita biomanán. Un golpe de Nature House. El Estado necesita ir al gimnasio. Ponerse en su peso. Rebajar michelines. Tirar grasa y kilos. Adecentarse la cintura y corregir su metabolismo. Ya saben que la socialdemocracia cuando renuncia de sus principios y se hace más neoliberal que Milton Friedman empieza a buscar culpables en banqueros y conspironautas financieros, nunca en su compulsiva tendencia a tirar el dinero público. Pero hemos despilfarrado tanto, seguimos despilfarrando tanto que es lógico que el Estado se resienta y que la pincelada de Nature House o de biomanán se necesite de forma urgente.
Pepiño Blanco, ese señor que siempre empieza hablando de lo que sea para terminar dándole un espoliniqui a Rajoy, acaba de caer en la cuenta de que España, el estado español, está gordo y rotundo como un buda feliz. Como un luchador de sumo. Se le acaba de ocurrir que para que el Estado esté presentable y la barriga no le zozobre por encima del cinturón habría que ir metiéndole la mano a los ayuntamientos y a las diputaciones provinciales. Bueno, no es mala fórmula ésa. Sobre todo cuando la canción no es nueva. ¿Desde cuándo le venimos escuchando a voces inasequibles al desaliento que hay que ir a la fusión de ayuntamientos más o menos cercanos y a la supresión de la diputaciones provinciales? ¿A cuántas cabezas sensatas, que las hay, le hemos oído denunciar, una y otra vez, que las diputaciones no eran útiles en la nueva estructura administrativa y que sólo les han venido sirviendo a los políticos para asilar a sus compromisos de sangre ideológica? El libro ha llegado a su fin. Y con él se abre un tiempo nuevo y más pobre. Más delgado. Más Nature House…

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