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Columnas / la tribu

Vías de muerte

Cuando los muchachos cruzamos alguna vez de noche la vía, lo hacíamos no sólo pendientes de las luces sino aun del ruido

Día 25/06/2010 - 07.07h
Vivir cerca de algunos peligros nos libra muchas veces de ser los de más riesgo ante esos peligros. Hay pueblos hechos a los volcanes, a las grandes riadas, a las catástrofes de inexacta aparición, y esos pueblos crecen sabiendo de más hasta dónde pueden acercarse o hasta dónde tienen que alejarse. El tren estaba ya en el paisaje cuando el campo empezó a abrírsenos, Cangui, y tú, que lo has vivido más de cerca que yo, sabes que aquellos niños que nos parecían atrevidos lo eran siempre hasta la orilla, nunca se metieron entre las líneas paralelas para desafiar al tren o jugar con él a ver quién era más rápido, si el tren bajando la cuesta o el niño cruzando la vía. Poníamos una perra gorda de cobre sobre uno de los raíles y esperábamos a que las ruedas la convirtieran en un aplastado negror donde nada podía leerse ya. Pero el tren, aquel largo gigante negro que cruzaba el río por el puente dejando un ruido como si lo destruyera cada vez que pasaba, fue siempre muy respetado por la osadía infantil. Y cuando los muchachos que trabajaban en las fábricas a orillas de la estación tenían que cruzar las vías para ir al tajo o volver al pueblo, lo hacían asegurándose de que ni por un lado ni por otro venía un tren, que cruzar esas vías por un paso a nivel, aunque tenga barreras, es tener siempre la incertidumbre de la mosca que revolotea cerca de la tela de araña.
La vida de doce personas se llevó el tren en ese sitio de Cataluña donde la noche metía prisas de vísperas sanjuaneras, cuando la multitud cruzó la vía sin saber que la vía era un silencioso río por donde estaba a punto de llegar la muerte. Imprudencia, sí, pero también es la falta de costumbre con el peligro. Cuando los muchachos cruzamos alguna vez de noche la vía, lo hacíamos no sólo pendientes de las luces sino aun del ruido, que guardábamos silencio y, como hacían los indios de las películas en los caminos, pegábamos la oreja a un raíl a ver si se oía el lejano rodar del tren. Ningún accidente entre los del lugar, Cangui, ni más desgracias personales que las que se buscaron quienes, como el pobre Brújula, fiaron al tren su último momento, en un arrebato de soledad o de desesperación, de equivocado remedio o vete tú a saber. Por lo demás, alguna borrega, algún mulo trabado y perdido en la noche. Nosotros, tan amantes del tren, siempre lo hemos mirado con el mismo respeto que a las crecidas del río o a los latigazos que desatan las tormentas. Pobre gente que cruzó la vía por ganar tiempo y llegó antes la muerte, que venía entren.
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