Cuarto de maravillas

Diez mujeres de berrea

  • Estilo de vida
  • HACE 3 años, 1 mes

Una escapada para pasar un día de campo y disfrutar del espectáculo de la berrea en compañía de unas buenas amigas

Todos los años, por estas fechas, unas pocas elegidas recibimos un whatsapp convocándonos a una escapada al campo a ver la berrea. Esta vez los requisitos han sido: ganas de pasarlo bien y dejar los bolsos en casa (el año anterior alguna de nosotras no soltaba el bolso ya fuera en lo alto de una pick-up o paseando por la noche entre alcornoques, como si de detrás de alguno de ellos fuera a aparecer un outlet de Prada) y estar dispuesta a una terapia de grupo (lo normal entre mujeres mentalmente equilibradas).

Como las plazas son limitadas y hay que confirmar pronto, nos asalta una actividad frenética: llamadas suplicando cambios en los turnos para llevar niños al colegio, salidas al supermercado para abastecer la nevera en nuestra ausencia, listas de encargos para los hijos mayores y promesas de compensación a nuestros maridos por el abandono temporal. Además de los quinientos mensajes entre nosotras para organizar el transporte, el regalito a nuestra anfitriona y el tema bebidas. Porque a ciertas edades una se vuelve un poco exigente, y no es lo mismo tomarse una Cruzcampo de lata que de botellín, al gintonic hay que ponerle lima –lo del limón es muy vulgar-, la tónica tiene que ser light, el agua con gas, el vino Ramón Bilbao… y en grandes cantidades, que todas somos madres de familia y nos horroriza que falte algo en la mesa.

Casi sin resuello, pero puntuales, nos encontramos en el campo del Betis para salir todas juntas. Alguna prueba ya a tentarnos con las Cruzcampo que lleva en una nevera -¡llena de hielo!- en el maletero, pero la sensación de estar haciendo una botellona en el descampado es demasiado fuerte hasta para nosotras… Salimos, por fin, en dirección Córdoba con muchas ganas de pasar un día de campo y disfrutar con el espectáculo de la berrea.

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Por si alguien no lo sabe, os cuento de qué va esto. Una vez terminado el invierno, a los ciervos macho se les caen las cuernas y empiezan a crecer en su lugar unas protuberancias recubiertas de piel y pelo, que darán lugar, en pocos meses, a una nueva cornamenta. Los desmogues son indicativos de cómo serán las cuernas del venado, idéntica forma, pero aún más grandes.

Durante estos meses (entre marzo y julio) en que están echando nuevos cuernos, es muy difícil verlos, se tapan en la espesura como si se avergonzaran de su cabeza despejada. Pero cuando llega septiembre, con sus recién estrenadas cuernas, aún más hermosas que el año anterior, se saben imponentes y empieza el celo: hay que conquistar a las hembras con su apostura y un sonido impresionante que sale de sus cuellos hinchados, el berrido.

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Y si hay que pelearse con algún otro macho que les dispute su harén, pues se pelea. Es la hora de marcar territorios y elegir ciervas, alrededor de una decena, aunque dependiendo de la densidad de machos/hembras que haya en la finca pueden ser muchas más.

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Los ejemplares adultos, fuertes, guapos y con más territorio escogen primero (¿os suena de algo?). Los más jovencillos tendrán que esperar a que alguna cierva se quede libre, y ahí tendrán su oportunidad de estrenarse en la vida de adulto. Normalmente empiezan con tres años, aunque si en la finca hay muchos machos adultos tardan algo más.

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Estos varetos (cuerna de una sola punta) tienen un año y pocos meses, pues los partos suelen ser en mayo, junio o julio. El próximo año serán venados de primera cabeza. Estaban tranquilamente sentados, (un poco apartados de los machos grandes, porque esta película aún no va mucho con ellos y pueden cobrar) y los hicimos levantar con nuestra intromisión.

Este es el momento en el que los grandes ciervos, como están a otra cosa, son más descuidados a la hora de ocultarse a los humanos. Y se dejan ver, todopoderosos, pues los rifles no se ponen a punto hasta dentro de unas semanas, y ellos ya habrán cumplido con su cometido y se podrán esconder nuevamente.
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Y nosotras somos testigos, un año más, de este renacer del campo con el otoño en ciernes. Apelotonadas en la pick-up, nos lanzamos por los caminos, prismáticos y cámaras de foto al cuello, a la búsqueda de animales. Tras una media hora en la que parece que la berrea está en el mismo coche (diez mujeres juntas sin parar de hablar son capaces de acabar con toda la repoblación de Sierra Morena), decidimos que no hemos venido a Rolex sino a setas, y dejamos nuestra conversación para la cena.

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Ha llovido poco, y el paisaje tiene un colorido que en pocos días cambiará. De la gama de los amarillos, ocres y pardos pasará a la más completa gama de verdes que nos podamos imaginar.

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En completo silencio, en una gran solana de pastos agostados que aún guarda el calor del sol, nos quedamos boquiabiertas y maravilladas del espectáculo que se desarrolla frente a nosotras. Ciervos enormes berreando, solitarios, con su harén de ciervas controladas a distancia, ignorándonos en su lento paseo de exhibición. Berridos con diferentes tonos de graves inundan el aire, señas individuales de identidad, porque hay jerarquías y ellos lo saben. Y los viejos del lugar no necesitan levantar la voz muy alto, basta con un sonido profundo y corto para advertir a los ruidosos jovenzuelos que se anden con ojo.

Una manada de gamos, con sus preciosas cuernas en forma de pala, atraviesa corriendo la ladera, seguidas de jabalíes de todos los tamaños (hembras, navajos, rayones…). La ronca (el celo de los gamos) aún no ha comenzado y se tapan tras unas encinas antes de desaparecer en el viso. Y nosotras seguimos sin articular palabra, disfrutando de ese anochecer mágico, hasta que el frío y la falta de luz nos hagan regresar.

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Y acabamos la jornada reunidas en torno a una gran mesa, (y a una gran botella), disfrutando de las exquisiteces que nos preparó Charo, -un día es un día y mis amigas tienen unos tipazos-, hablando de nuestras cosas y poniéndonos al tanto de las últimas novedades de los hijos, de los maridos, de las suegras… porque nos encanta escaparnos, pero no podemos vivir sin ellos.

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Tuvimos que pedirle a Juanma que nos ayudara con Ramón (Bilbao)

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PD. ¡Gracias a María por su hospitalidad, y a todas por ser mujeres fuertes, comprometidas, inteligentes y muy, muy divertidas!

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