Ángel di María es de esos futbolistas que no tienen término medio: o le amas o le odias. Agitador como pocos, su forma de entender este bendito deporte genera discusión a todas horas. Es anárquico, solo mira hacia adelante y no entiende de sistemas ni de minutos de juego. Algunas veces su estilo y su manera de entender el fútbol degeneran en el enfado del público, como ocurrió a mitad de temporada en el Real Madrid. Pero otras muchas, su participación es clave para que el resultado final sea positivo. Sobre todo, si de una prórroga estamos hablando.
Lo que no se puede negar a Di María es su fondo físico. Cuando los partidos agonizan, cuando su equipo anda justo de piernas, él siempre está al pie del cañón para darle un último impulso a los suyos. Ocurrió ante el Barcelona en la final de Copa de 2011, donde su centro a Cristiano en el minuto 110 supuso la asistencia que valía un título. En la final de la Champions, ante el Atlético de Madrid, en el tiempo extra, cuando todos estaban con la lengua fuera, Di María revoluciono el partido y fue decisivo en el triunfo final. El gol de Bale, el 2-1, vino precedido de una gran jugada del argentino solo detenida por Courtois antes de que el galés marcara el gol de la Décima.
Ante Suiza, en los octavos del Mundial, y cuando ya se masticaba una dramática tanda de penaltis, su tanto en el minuto 118 de la prórroga valió una clasificación a su país para cuartos de final y seguir soñando con levantar la Copa del Mundo en Maracaná el próximo 13 de julio. Argentina juega con Ángel.







