La rivalidad entre argentinos y brasileños se respira hasta en las pachangas de playa entre veraneantes de ambas naciones. Es una enemistad reñida durante décadas en los partidos de las selecciones y de clubes en la Libertadores, algunos de los cuales terminaron con futbolistas esposados y enviados a los calabozos de una comisaría brasileña. El ya célebre cantito de «Brasil, decime qué se siente...» revela que un Mundial ganado en Maracaná determinaría una superioridad argentina en las mofas para varias generaciones. Los brasileños temen eso más que al 1-7, pues con los alemanes no tienen que convivir.
El Mundial de Argentina refuta las especulaciones tejidas alrededor de la selección. Pesimista antes del campeonato, su hinchada esperaba un equipo vulnerable en defensa, al que acaso podrían salvar las genialidades de Messi, destinatario de todos los cirios prendidos en la Catedral de Plaza Mayo. Que todo salió distinto lo revela que la estrella recién consagrada es Mascherano, propietario de un coraje que en Buenos Aires ha inspirado chistes parecidos a los de Chuck Norris y de los cuales el más gracioso es que a Masche no lo podría matar ni el autor de «Juego de tronos» en su boda. Argentina ha llegado a la final sin Messi -que sigue corriendo apenas un poco más que los porteros- y gracias a un férreo trabajo defensivo, es decir, lo contrario de lo previsto. Ganar el domingo no sólo permitiría derrotar por fin la superstición maradoniana -el sebastianismo del fútbol austral y su eterna espera mesiánica: futbolistas como nacidos en un portal de Belén-, sino que corregiría el mito de la individualidad providencial. Este Mundial lo sería de un equipo, no de un hombre, a falta de lo que Messi haga en la final.
Argentina tendrá más posibilidades cuanto menos se juegue al fútbol. Alemania ya demostró qué destrozo es capaz de hacer con sólo quince minutos de distracción del rival. Pero, a pesar de su fuerza intimidatoria, el 1-7 obtenido contra una Brasil devorada por la ansiedad, que no podía escuchar sin llorar los primeros acordes del himno, es menos un antecedente de la final que los ajustados partidos contra Argelia o Francia. Argentina está cómoda sin la carga del favoritismo y dispuesta a sudar sangre en un partido en el que confluyen su pasión por este campeonato y la oportunidad de asociar para siempre la palabra Maracaná a su historial de la gloria. Ahí estará Mascherano, trazando líneas a espada como Pizarro. Si encima aparece Messi, el «Decime qué se siente» se escuchará más que Georgie Dann.







