Ayer por la tarde no se cabía en la Feria, que tenía bullas en todas sus calles
Ayer por la tarde no se cabía en la Feria, que tenía bullas en todas sus calles - Juan Flores

Feria de Abril de Sevilla 2019Un martes de Feria para tirarse de los pelos

Hizo tela de calor, había gente para reventar y la noche se alargó hasta la mañana, pero la jornada fue espléndida por otra razón: porque todo el mundo sabía a lo que iba

Feria de Abril de Sevilla 2019: Todo lo que hay que saber

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La infancia es nuestra patria y la Feria nuestra nación. Ayer al mediodía en la caseta del Mercantil ocurrió algo que resume este trampantojo. Una camarera llegó con un plato a una de las mesas exclamando: «¡Aquí vienen ya las gambitas para mis niños!». Era inevitable el giro con la mirada para observar a los chiquillos. Pero la vista no esperaba lo que se encontró. Una pareja de ancianos octogenarios, a solas con su amor eterno, mano a mano. Dos niños antiguos viendo pasar la vida en el cascabeleo de los caballos. Ayer el real era un homenaje a la niñez, pero sin niños. Era el día de los recuerdos. Las casetas se llenaron pronto porque hoy, que es festivo, se puede dormir hasta tarde. Y en esa infancia contemplativa de balconcillo y platito de gambas, la memoria hilvanó algunos destellos sublimes de aquellas ferias que han echado las lonas en las arrugas de la cara. En Sevilla, el tiempo también se cuenta por farolillos. Por eso el real es mucho más que una ciudad efímera. Es una nación de la alegría. Las miserias no pisan el albero, de ahí que los enemigos íntimos puedan coincidir en una caseta y abrazarse durante esta tregua de manzanilla. Esta es la fiesta del pasado y, por lo tanto, del perdón. Por eso hay que quitarle hierro a la pelea de Monchi con José María del Nido en una caseta. En una reunión de Pascual Márquez estaban discutiendo sobre las cosas que se habían dicho los dos egregios sevillistas. Y un sevillano con mucha retranca acabó con el pleito de golpe: «Lo que está claro es que esa pelea no fue a tirones de pelo, seguro». Ayer era el día idóneo para tocar ese tema. El lorenzo estaba endiñando en todo lo alto y los calvos acudieron con cremitas y jipijapas. Pero a pesar de que la temperatura se vino un poco arriba, el ambiente no amainó. Qué día más bueno para la Cruzcampo. Eso no lo entienden por ahí. Nos ven beber y se impresionan. No comprenden que la gente no se está emborrachando, se está hidratando. Aunque hay también que pasa la raya, sobre todo por la noche, que es la nueva hora punta de la Feria nueva. Un señor recién infartado salió por primera vez el lunes y se alicató por derecho, lo que preocupó a uno de sus amigos, que se lo echó en cara. «Hombre, te tienes que cuidar...». El aún convaleciente, entre barzones, le contestó: «¡Pero si hoy me estoy reservando! El día que yo tengo previsto hartarme es el miércoles». Eran las cinco de la mañana. Así se reserva Sevilla. Dándolo todo. Porque el futuro es lo de menos en la Feria. El único porvenir que importa estos días es el de la aurora, el de la hora del baldeo, que tiene en esta tierra una expresión magnífica casi olvidada. Ayer por la tarde se escuchó en una caseta de Gitanillo de Triana. Había un gachó contratado para cantar y los socios estaban con la duda de la duración del pase porque tenía pinta de gran escaqueo. Y uno que lo conocía bien relajó a la bulla: «No os preocupéis, que éste está encantado con nosotros y se va a hartar de cantar, vamos, que a éste lo van a regar esta noche». ¡Lo van a regar! Ole. Hacía años que eso no se escuchaba. Ése se va a la hora de los manguerazos.

El martes estaba diseñado para la pérdida de papeles. Fue un día de regadío por dentro y por fuera. Al final de la tarde las barras despachaban vasos largos como si no hubiera un mañana. Los grupitos hacían dobletes con los bafles a cuestas. En las de un módulo no cabía el aire. Las catedrales tienen rosetones y las casetas tienen rocetones. Lo que cambia una letra. Todo el mundo iba a darlo todo y olvidar lo que tiene por delante. Atención a este diálogo en la puerta de Joselito el Gallo, catavino en ristre, de dos viejos amigos: «Hombre, Jesús, qué de tiempo. A ver si nos vemos». Respuesta de lesa sevillanía: «Venga, ya nos vemos cuando pase el lío este». ¿Quién puede concretar lo que significa «el lío este»? Eso es un comodín que funciona para todo, pero que es mucho más concreto que el famoso «yo te llamo, no te preocupes». «Cuando pase el lío este» puede ser cuando pase la Feria, cuando pasen las elecciones, cuando pase el curso, cuando pase el verano, cuando me venga bien o nunca. Así que, de momento, vamos a dejarlo en que «el lío este» es el plato de gambitas de los dos ancianos, que dejaron las cáscaras bien organizadas sobre una servilleta de papel como símbolo de los despojos del tiempo. Cuando pase el lío este es probable que Del Nido y Monchi se reconcilien, pero entonces tal vez será tarde. Porque ayer hizo un día para tirarse de los pelos. Enorme. Y ayer no volverá salvo en la Feria que viene y en la memoria. Porque la Feria es nuestra verdadera ciudad y la memoria es nuestra única patria.