Nuño Núñez, uno de los personajes de las Cartas marruecas del ilustrado gaditano José Cadalso, andaba afanado en escribir un diccionario personal en el que las palabras tuvieran su significación real y no la que aparentemente tenían. Desde su visión desengañada de España, heredera del pesimismo de don Francisco de Quevedo, argumentaba con razón que uno de los primeros síntomas de la degeneración de las costumbres radicaba en la perversión interesada del lenguaje y denunciaba que voces angulares como padre, madre, patria, política, fortuna... y otras muchas de noble significado estaban siendo sometidas a un lamentable proceso de falsificación. Pues bien, lo que era válido para el siglo XVIII sigue estando de rigurosa actualidad en la España de nuestros días. Contra la creencia general de que las palabras carecen de trascendencia, hay que recordar que no hay nada más sustancial que el nombre de las cosas, porque sólo lo que se nombra existe realmente. En el pensamiento judaico el nombre designaba la esencia de las persona y de las cosas. «Santificado sea tu nombre», declara el Padrenuestro, soslayando, porque no era necesario explicitarla, la alusión directa a la persona de Dios; y el «Dios dijo» del Génesis —es decir, el acto mismo de nombrar— fue el que hizo posible la potencia creativa del hacedor del cosmos. Muchos siglos después esa misma noción la expresaría con su asombrosa precisión verbal Juan Ramón Jiménez, sólo colmado en su anhelante pulsión creativa cuando al final su discurso lírico se había convertido en la palabra divina que nombrando crea y su obra en «el nombre conseguido de los nombres». Las palabras no son, como a veces pensamos con ligereza, la cáscara de los conceptos sino su esencia misma, y su alteración semántica revela con frecuencia un cambio radical en el ser de las cosas.
Por eso en ciertas situaciones perder la batalla del lenguaje equivale a rendir las banderas al adversario. El ejemplo más gráfico es, como tantas veces se ha dicho, el del terrorismo etarra, cuyo vocabulario de apariencia noble pero de intención perversa, extraído del mundo militar (comando, lucha armada, alto el fuego...) caló primero en el discurso mediático y después en el uso común como un modo sutil de legitimar nominalmente conductas aberrantes. Se trata de un mecanismo de la práctica política que en mayor o menor medida el poder ha aplicado siempre, en los regímenes autoritarios con medidas impuestas y las democracias con medios más refinados. En la España de Franco la voz obrero, con toda su carga reivindicativa, se sustituyó por la de productor, mucho más aséptica; la huelga era simplemente un conflicto laboral y las discrepancias entre partidos un suave contraste de pareceres. Quien controla la lengua aspira a controlar también las conciencias. Y quien logra eliminar del uso ciertos vocablos «políticamente incorrectos» (tabúes) o sustituirlos por otros más neutros o atenuantes (eufemismos sabe muy bien que el lenguaje no tiene nada de inocente y que en la realidad social las palabras, contra lo que suele decirse, no son indiferentes.En el terreno de la política el eufemismo inducido pretende neutralizar o al menos atenuar los efectos más crudos, violentos o inoportunos de ciertos vocablos que pueden afectar a códigos de comportamiento no gratos al poder político establecido o a otras instancias relevantes en el orden económico, social o cultural de un país. Hoy este mecanismo de control se hace más visible que nunca, dado el peso de los medios de comunicación y la facilidad de manipulación del discurso ideológico. Las palabras, al igual que las armas de fuego, las carga el diablo, y nunca se sabe qué puede esperarse de las trampas de un organismo tan complejo, sutil y retorcido pero a la vez tan liberador como es el mundo de la lengua.
Ciertos lances recientes de la vida española están poniendo de relieve esta complejidad del lenguaje, una de las dos grandes creaciones —junto al derecho— del ingenio humano. Y es de ver la frivolidad con que algunos personajes públicos pontifican sobre el sentido de las palabras con la desenvoltura de un lexicógrafo, olvidando que desde instancias de alta responsabilidad no se puede jugar en balde con la semántica. Se habla con ligereza del término nación poniendo en riesgo nada menos que la idea que sustenta la estructura territorial del país, o se evita a toda costa, incluso con patéticas intervenciones parlamentarias, aplicar la palabra guerra a lo que, quiérase o no, no admite otro término más propio y preciso que ése. Bajo el eufemismo interrupción del embarazo se enmascara un término tan rotundo y socialmente tan consolidado como el de aborto. Y en nombre de una realidad todavía en ciernes como la llamada multiculturalidad empiezan a estar mal vistas las voces moro y snegro africano, sustituidas respectivamente por dos vocablos de tan difícil enunciación oral como smagrebrí y subsaharianos. En sLa voz a ti debida, uno de los grandes libros de amor de nuestra literatura, Pedro Salinas expresaba su inmensa alegría de «vivir en los pronombres», en la autenticidad del yo y el tú fundidos. En la España de hoy nos estamos acostumbrando casi sin darnos cuenta a vivir en el eufemismo, esa perversión del lenguaje que evita llamar a las cosas por sus nombres.


