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El entierro de la cigala

Si cayeran por culpa de las urnas, el carnaval sevillano se celebraría en mayo. Pero no sería el entierro de la sardina

Día 07/03/2011 - 22.26h

Todo el año es carnaval, como vio Mariano José de Larra antes de quitarse la vida de un tiro en la zona del cuerpo que mejor le funcionaba. Sevilla es una ciudad donde el carnaval no se celebra por una razón evidente: no hay día que se libre del baile de máscaras en el que participa la sociedad hispalense. Hoy, Martes de Carnaval en el calendario del esperpento, festividad donde se le rinde culto a Valle-Inclán, deberíamos institucionalizar un nuevo rito en el calendario sevillano. Una procesión con todos sus avíos que partiera del Ayuntamiento, vulgo la Granja de San Francisco, y terminara en una oficina del SAE o del INEM, vulgo el paro.

Ese cortejo iría presidido por el símbolo del poder que puede venirse abajo así cambien las tornas electorales. Un poder que consiste en colocarse máscaras de lo que haga falta para conseguirlo en primera instancia y para conservarlo en cuanto se tiene en la mano. Máscaras progres, con estética de la Alameda, cuando el político de turno quiere darse un barniz de rancia modernidad. ¿O no son rancios los progres que no han salido aún de la ética y de la estética de mayo del 68? Estas máscaras se dejarán en el armario cuando se trate de pedir una medalla para una hermandad rociera o de rotular una calle con el nombre de un Cristo de una Virgen. En ese caso, máscara capillita y corbata de nudo gordo para el carnaval político que dura doce meses al año.

Los mascarones de proa de esta laica procesión portarían sobre sus hombros el simulacro del animal que otorga el poder en el bestiario de la política hispalense. Ya no es el fiero león, sino un crustáceo por el que se pirran los herederos de la famélica legión que se ha puesto en pie… mientras ellos siguen sentados a la mesa: la cigala. Aquí hemos dado con la clave que explica las luchas intestinas de tantos estómagos agradecidos. El ripio carnavalero es inevitable para que puedan rimar el pico y la pala con el tronco de una buena cigala.

El entierro de la cigala sería la imagen más contundente de la pérdida de poder que arrastraría a los socialistas del ERE que ERE y a los náufragos del marisco-leninismo hasta las oficinas del paro. Se caerían las caretas y aparecerían los rostros demudados de unos individuos que no sirven para nada. El poder les otorga una notoriedad de la que carecen. No son nadie. Pura máscara. Progresismo impostado para ocultar la verdadera cara de cemento que hay bajo el antifaz. Si cayeran por culpa de las urnas, el carnaval sevillano se celebraría en mayo. Entonces veríamos el entierro de la cigala, que no de la sardina. Mientras tanto, a seguir con el baile de máscaras en esta ciudad donde nada es lo que parece y donde todo el mundo aparenta lo que quisiera ser. Como diría Larra, que era sevillano aunque ni él mismo lo supiera, aquí todo el año es carnaval.

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