Gracias al II Festival de la Palabra de Puerto Rico he podido visitar de nuevo la tumba del poeta Pedro Salinas en el cementerio de Santa María Magdalena de Pazzis, un bellísimo camposanto construido al final de un acantilado, entre el mar y el cuartel de Ballajá en el Viejo San Juan. Salinas siempre tuvo muy claro que deseaba ser enterrado en aquel lugar del Caribe, que a mí me ha hecho pensar en el cementerio de Sète —donde reposan los restos Paul Valéry— y en el cementerio de Zapallar, donde dice Jorge Edwards que le haría ilusión ser enterrado. La verdad es que a mí no me disgustaría poblar una tumba en ninguno de los tres.
Desde hace casi 20 años visito tumbas de poetas y escritores. En París siempre me doy un tiempo para ver a Stendhal en Monmartre, a Vallejo y Cortázar en Montparnasse y a Wilde y Proust en Père-Lachaise. A Ginebra procuro ir siempre que puedo, porque Borges está enterrado en Plainpalais y junto a su lápida sembré unas flores de mis macetas sevillanas que me encantaría ver crecer. He visitado a Joyce en Zurich, a Edgar Allan Poe en Baltimore, a Chéjov en Moscú y a Flaubert en Rouen, por citar algunas de mis tumbas-fetiche. Y así, junto a la paz que los envuelve pienso que sería terrible que alguien decidiera alguna vez desenterrarlos para trasladarlos a otro lugar.
Hace unos años, María Kodama impidió que el gobierno peronista de los Kirchner exhumara a Borges para llevarlo a Buenos Aires con honores. ¡A Borges, que tanto despreció a Perón! Hace casi cuarenta años una dictadura militar peruana quiso desenterrar al poeta César Vallejo para que sus romeros no peregrinaran hasta París, sino más bien a su pueblo andino de Santiago de Chuco. Aquí mismo —en España— algunos defensores de la Memoria Histórica amagaron con traer a Luis Cernuda desde México y a Pedro Salinas desde Puerto Rico; por no hablar de esos independentistas radicales que estarían encantados de traspalar los restos de Wilde y Joyce para que sean recibidos como padres de la patria en Irlanda.
Cuando un poeta, un artista o un escritor muere lejos de su lugar de nacimiento, no hay por qué pensar que sufrió de manera especial. ¿Y si fueron felices en las tierras que los acogieron? Tan sólo los desterrados por razones políticas podrían albergar sentimientos de extrañamiento. Pienso en el cubano Guillermo Cabrera Infante (exiliado en Londres), que llegó a visitar el cementerio de mi pueblo —La Rinconada— porque deseaba tener una tumba soleada. Bastante doloroso ya era estar lejos de La Habana en vida, como para estar en la muerte lejos del sol.
Gracias a Alfredo Valenzuela supe que el escritor Mauricio Wiesenthal llevó tierra del túmulo funerario de León Tolstoi en Iasnaia Poliana hasta la tumba de uno de sus hermanos en la Costa Azul, y así me gustaría compartir mis recuerdos del cementerio marino del Viejo San Juan, donde el esplendor solar y la brisa marina todos los días le hacen justicia a los versos de Pedro Salinas.


