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Columnas / tercio de quites

Desecho de tienta

Día 25/06/2011 - 23.52h

«La lucha armada ya no procede». Txeroki, etarra, desde la cárcel

Se supone que uno de los elementos decisivos de la fiesta es la categoría de los interlocutores que en ella se dan cita. Al torero la valentía se le supone y en consecuencia produce escándalo cualquier atisbo de pánico, aunque a nadie se le oculte que la procesión va por dentro. De su adversario se espera que demuestre su bravura, porque darle por supuesta podría a estas alturas sonar a sarcasmo. De ahí que se le someta a un proceso de selección, directo o por vía materna, que permita contar con indicios de su futuro comportamiento. Es la finalidad de las tientas…

No basta sin embargo con que el morlaco demuestre condiciones; debe a la vez tener buena presencia. Sin necesidad de llegar a guapo, mejor que no resulte tuerto o mogón. En tal caso acabará en plaza de carros, como desecho de tienta y cerrado.

No disimulo que el quite resulta hoy arriesgado, porque las comparaciones con cuernos por en medio no resultan muy pacíficas, pero intentaré llevarme la cuestión al tendido penitenciario. La verdad es que el garantismo reúne una doble condición. Por una parte, resulta claro síntoma de civilización. Pocas reacciones más salvajes que el linchamiento, fruto de una sed de justicia que, ayuna de garantías, acaba reducida a bárbara venganza. Hay que reconocer, sin embargo, que el respetable no suele entender el derroche de garantías y lo considera un irresponsable afán de coger el rábano por las hojas.

Se quiera o no nuestra Constitución es, a Dios gracias, garantista. La sanción penal, en consecuencia, apunta a una finalidad rehabilitadora y no a lograr la satisfacción de la víctima, que debe encontrar ayuda por otras vías. El presuntamente heroico Txeroki ha mostrado hace unos días sus habilidades en la Audiencia Nacional. Desgraciado pueblo el que mereciera tales héroes. No es extraño que días antes se comportara como un asesino confeso, siquiera en grado de frustración, al afirmar que ahora no procede matar. No cabe certificar con más nitidez la absoluta ausencia de efecto rehabilitador. El aspirante a libertador sigue convencido de que al asesinato hay que considerarlo como una de las bellas artes; sólo que ahora no toca. Tras tan oportuna tienta, sólo cabría en su defensa echarle la culpa a su madre. Quien pretendiera obtener de su actitud excusa para una negociación, que se traduzca en negocio político, se limitaría a compartir su escaso trapío humano.

Lo preocupante no es tener que tratar como ciudadano al txeroki de turno, porque eso sólo demuestra paradójicamente que no cabe establecer en talla humana igualdad alguna. Algo preocupante es que quienes parecen de idéntica camada acaben en plazas de postín. Pero lo gravemente preocupante es que, con sus votos, al bicho impresentable le acaben dando la vuelta al ruedo.

Al final parece que el culpable de todo habría sido el Tribunal Constitucional, al que más de uno parece confundir con la empresa de las basuras. Abundan legisladores que elaboran normas, sueltos de manos, ajenos a toda lealtad constitucional, para pasarle luego el marrón al Tribunal que, por lo visto, para eso está. No faltan ciudadanos convencidos de que el problema real es que este o aquel partido sea considerado legal. No parecen dar importancia al número de votos que acabe sacando, como si no fuera ésta la auténtica dolencia política. No pocos de ellos se escandalizaron no hace tanto de que se legalizara al mismísimo partido comunista, pero me gustaría oírles argumentar ahora si realmente fue la decisión menos aceptable del inolvidable Adolfo Suárez. En Extremadura algunos se mostraron dispuestos a ofrecer respuesta.

En democracia hay problemas que sólo se resuelven pasando por las urnas y no dejando a media circunscripción fuera del censo. No nos engañemos, el problema más grave no es que la res no sea de recibo; lo que hay que conseguir es convencer al respetable (todo el que vota lo es…) de que no toca pedir la vuelta al ruedo.

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