Después de pasarme el verano hablando de Oliver sin Benji, de juezas conunparde —no confundir con compadre—, de Cigarinis apagadetes, de la enésima marcha de «Luisfa» hacia su Ítaca soñada o de federaciones que maltratan a sus deportistas obligándolos a jugar con un par de entrenamientos en el cuerpo, del pelotín y de su entorno, vamos, ya tenía uno ganas de ocuparse del Cajasol de baloncesto. Menudo bronce ha ligado el equipo, con lo blanquito que lo dejamos tras enfrentarse al Real Madrid en los play offs.
Ayer, Sergio Ávila nos daba cuenta en estas mismas páginas de que con el fichaje de Katelynas el equipo sevillano estaba cerrado. Katelynas, aunque su nombre nos haga pensar lo contrario, no es la crack de las cheerleaders de la ACB sino un tipo de 2.05 que parece Reed Richards, el hombre de goma de «los cuatro fantásticos», cuando acude al rebote ofensivo, tal es su facilidad para robar los balones en el aro contrario. Hacía falta un jugador así aunque sea imposible animarlo desde la grada sin amputarle el apellido.
Decía el presidente de su anterior club, el Meridiano de Alicante, que con su fichaje y el anterior del pamplonica Urtasun, el Cajasol había reforzado el 66% de su plantilla con jugadores suyos. Habría sido buena idea traerse también al director deportivo turronero, uno de los que acierta a la primera. Pero no seamos malos, que Leo y Llaneza se están portando.
Con las renovaciones de Calloway y Kirksay, que dieron la pasada campaña un rendimiento fetén, y los fichajes de Bullock —posiblemente el mejor curriculum de la historia del Caja— y de los «alicantinos», Joan Plaza parece tener mimbres suficientes no ya para hacer un cesto, que eso lo consiguió trenzando pajas el año pasado, sino para llenarlo de buenos manjares con que cambiarle el paladar a los aficionados sevillanos.


