Columnas

Columnas / la tribu

El campo amargo

¿Vale la pena cuidar un olivo como quien cuida un hijo, para que las puertas de la aceituna y del aceite golpeen en la cara del que lo trabajó?

Día 01/09/2010 - 07.02h
No hay fidelidad como la del hombre del campo, y no hablo, claro, de quien, sobrado de tierras, se da a la cómoda renta de las subvenciones, mientras despotrica de todos, política y jornaleros, y pide a gritos tiempos mejores que, en su pensamiento, sólo serían mejores para ellos. Hablo de la fidelidad de la gente que ama la tierra, la trabaja, se desvive por ella, en ella, y por más reveses que reciba, sigue dando la cara, el tiempo, la agonía, el sudor, la vida por el campo. No hablo de quienes sólo conocen el campo de pasearlo a caballo o en todoterreno; hablo de quien lo pisa como si lo acariciara, de quien lo siembra como quien siembra hijos, de quien lo recoge como se recoge una pasión mimada. No hablo de quienes el sudor del campo siempre lo vieron en otra frente; no hablo de las manos inéditas de herramientas y ramas, plantas y terrones; hablo del hombre que todo lo tiene en el campo, y por tenerlo todo, cada nuevo día que llega ve que no tiene nada, porque sabe que el campo es el primer olvido de quienes dicen tenerlo siempre presente. No hablo de quienes tienen tantas tierras que pueden ir compensando pérdidas con ganancias; hablo de quienes todos los días se levantan y miran cielos de incertidumbre, tratan de domar vientos cerriles, quisieran ser vaqueros de las nubes que no toman el camino que tendrían que tomar para salvar un año y, a veces, quisieran espantar tormentas que, a deshora, vienen a romper la última luna de las cosechas. No hablo de quienes llevan toda su vida hablando mal del campo y no hacen más que seguir viviendo cada vez mejor a costa del campo. Hablo de quienes siempre salvan al campo y señalan a quienes tienen que señalar, porque saben que no es el campo, son los hombres quienes van a terminar por enterrar la tierra.
Un olivar, una tierra de sembradura, una viña, un mato… ¿Cuánto vale más de medio año de desvelo de un hombre, toda la inversión de un hombre, un hombre hipotecado, para que después, cansado de aguantar soles, lluvias y penas, venga la mediadora mano del mercado a engordar por esa trata —no trato— de frutos hermosos, tentadores, repletos de enamorada entrega? ¿Vale la pena cuidar un olivo como quien cuida un hijo, para que las puertas de la aceituna y del aceite golpeen en la cara de quien lo trabajó? ¿Vale la pena alquilar, labrar y plantar una tierra para que dé menos pena regalar un melón que malvenderlo? Y así, todo el campo de España. Y todo porque todas las «soluciones» políticas son, más que agrarias, contrarias. Por eso el campo sabe amargo.
barbeito@abc.es
Búsquedas relacionadas
  • Compartir
  • mas
  • Imprimir
publicidad
Lo ?ltimo...

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.