Estaba picoteando con el dedo en el mando de la tele y pasaban imágenes fugaces, como cuando vas en el coche y miras las ventanas encendidas de una calle. Pero unas voces que parecían de un escándalo me hicieron volver, y me quedé frente a la ventana en cuestión. He visto enfrentamientos de peleas entre mujeres, cuando era un chiquillo, y siempre andábamos a ver qué insulto era el más gordo, sobre todo si eran mujeres de las que además de cocinar lengua en salsa, eran capaces de embarrarla en improperios, y te juro, Cangui, que los insultos más gordos no pasaban de «cocha», y no por cerda sino por tener poca curia en sus quehaceres domésticos o en el vestir. «Piojosa» era otro, pero entonces los piojos andaban en cualquier domicilio capilar. Una vez que una le dijo «sinvergüenza» a otra, la ofendida salió como una vaca parida y le dijo: «Mira: puta tú y puta yo. De ahí pa'lante, lo que tú quieras». Y la otra se volvió y los chiquillos nos quedamos con las ganas de conocer pelos y señales de aquel putaísmo que se quedó volantón en el aire de las vísperas de la refriega.
La lengua en salsa que se lleva ahora, Cangui, no está, que digamos, para ir a comulgar, más bien para pasarle una lija del seis y darle después una mano de barniz. Las mujeres de que te hablo, ordinarias que saben construir, más o menos, oraciones (gramaticales), tienen en la lengua un manual de insultos y descalificaciones, una página interminable donde está escrita —con más pelos que señales— la vida y milagros de otras mujeres. Si una de aquellas mujeres de mi niñez le hubiese nombrado a otra el varón del que se decía que le andaba por las sombras del corral y de la ropa, hubiese habido sangre, y no del enfrentamiento de cornaduras sino de arañazos con uñas que se hubiesen transformado en cuchillos, que por un me han dicho que Fulana ha dicho, he visto encenderse ojos como candelas de inquisición y flechar dientes para matar: «¡Como sea verdad, a esa puta la arrastro de los pelos..!» Juegan con las honras —o con lo que sea— como con una baraja de naipes carnales. Por unos euros, o muchos, estas mujeres —y también algunos nacidos varones— de que te hablo sacan tiras de piel, levantan sábanas de alcobas ajenas, encienden luz en la umbría de los amantes y señalan sitios de infidelidad como si alumbraran caminos de concordia. Un tufo a puterío bien vestido salía de aquella ventana de gritos, insultos, gestos procaces y amagos de bofetadas. Y después algunos se quejan y dicen que hace falta regular la prostitución callejera.
barbeito@abc.es


