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Columnas / PUNTADAS SIN HILO

La gran desbandada

Día 10/10/2010 - 01.05h
Una de las virtudes más imprescindible en todo político que se precie es la superviviencia intuitiva, es decir, la capacidad de presentir cuándo se va a venir abajo el chiringuito para salir a tiempo y evitar que le sepulten los escombros. Estos augures pegan la oreja al suelo, olisquean el aire y consultan Dios sabe qué oráculos para adivinar el momento exacto en el que hay que saltar al otro lado de la línea. Abandonar el barco, darse el piro, tomar las de Villadiego: sobrevivir, en definitiva.
El zapaterismo está en pleno desconcierto porque los primeros profetas han advertido ya que el fin del mundo está próximo. La vieja guardia se regocija ante el batacazo de Trini, los barones territoriales nombrados por el propio Zapatero le mueven la silla y Barreda llega a hacer pública apostasía de la fe zapateriana, aunque luego le obligasen a rectificar como a Galileo. Convertido en una gallera de suspicacias y reproches, el PSOE amenaza con dividirse en breve entre los que maniobran para convertirse en apóstoles de lo que venga y los que unen su suerte al líder cuestionado. Y lo que marca la militancia en uno u otro bando no es tanto la lealtad como la irreversibilidad de la identificación de cada dirigente con Zapatero.
Esta alambicada coyuntura de conspiraciones palaciegas no es el mejor escenario para Griñán, un político poco habituado a maniobrar en pendencias de partido y cuya guardia de corps creada para estos menesteres —esos fogosos y bullangueros griñaninis— no tiene ni experiencia ni influencia como para ser decisivos en la batalla sucesoria que se presume. Como en tantas otras cuestiones, Griñán amaga pero no da: alude subrepticiamente al cambio de Zapatero —«todos morimos, es condición humana»—, pero se lo trae a un mitin en Sevilla en un momento en que ni el alcalde de la última pedanía serrana quiere una foto con el presidente español. Es a lo que nos tiene acostumbrados Griñán, un político dual que suele ser mucho más brillante en sus discursos que en sus actuaciones.
Acuciado por las encuestas que apuntan tercamente a una derrota electoral, el presidente andaluz podría arriesgarse y jugar la baza de la disidencia, como ha hecho Barreda. Pero es muy probable que a Griñán no le preocupe el futuro de Zapatero tanto como el suyo propio. Y lo que temerá de verdad es que aparezca un Barreda crítico en Andalucía y la gran desbandada de Ferraz tenga su réplica en las puertas de la sede del PSOE andaluz.
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