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Columnas / ECONOMISTA EN EL TEJADO

NO ES PAÍS PARA EMPRESAS

La empresa, el empresario y las condiciones para su desarrollo siguen a la cola de las inquietudes del Gobierno

Día 07/12/2010
EN enero de 1996 el «nobel» Paul Krugman publicó un muy citado artículo defendiendo la tesis de que un país no es una empresa («A country is not a company») para argumentar que quienes puedan ser buenos ejecutivos empresariales en el mundo de los negocios no tienen por qué hacerlo bien en la gestión de la política económica. El artículo, publicado en la Harvard Business Review, ha quedado desbordado por la globalización y ya es difícil defender, como Krugman pretendía, que la economía de un país sea un sistema cerrado mientras, por el contrario, la actividad empresarial no tenga límites espaciales. Cierto es que el neokeynesiano, ahora en Princeton, no da puntada económica sin hilo político y nunca dirige sus argumentos al vacío intelectual. En aquellos años se trataba de fustigar a algunos asesores presidenciales que querían gestionar la economía de los Estados Unidos de América como si fuera la de General Motors. Las analogías y las metáforas en general son tan útiles —según y
cómo— para la comprensión, como adecuadas para el engaño. Sin dudarlo me adhiero a la antigua tesis de Krugman y coincido en que ni en principios generales, ni en procesos, ni en instituciones es razonable asimilar la economía empresarial a la de un país y menos a la personal. Pero confesada esa adhesión, recurro al ejemplo de quien no puede pagar el préstamo que solicitó para gasto o inversión y antes de que procedan a ejecutar su patrimonio o embargar su renta (y por supuesto, a no prestarle nunca más) deberá buscar un fiador o nuevo prestamista. Si los encuentra, las condiciones serán más duras, y pueden reclamar la exigencia de «recortes» que rocen los límites de la libertad y dignidad personal. Los individuos y los gobiernos (los Estados, si quieren) pasan por las mismas circunstancias y los inútiles gurús de la economía (tantos que ya se confunden, se repiten, se plagian y se enredan) han llegado a cierta convergencia de salidas entre las que se apuntan las siguientes. Primera,
al modo «alemán», que el prestamista se apunte un fallido y lleve el agujero a su cuenta de resultados. Segunda, que al prestamista o entidad financiera le salve el paternal fiador de todos en su forma de Tesoro Público o Banco Central. Tercera, que el salvamento se dirija directamente al sujeto que no puede pagar ni refinanciar su deuda, o sea a los Estados, y ya de paso le compre deuda de propina para incrementar la masa monetaria y darle alegría al sistema. Menos se ocupan los analistas de que el moroso encuentre trabajo, relance su actividad, genere valor y vuelva a poder hacer frente a sus compromisos. Después de dar muchas vueltas han llegado a descubrir la necesidad de la confianza y ahora se dan de bruces con la exigencia de crecimiento. La financiación es condición necesaria, aunque no suficiente. ¡Es el crecimiento, estúpido! Desde 2007 han desaparecido en Andalucía más de 25.000 empresas, y la desindustrialización causa estragos en provincias como Huelva o Cádiz. Pero la
empresa, el empresario y las condiciones para su desarrollo siguen situados a la cola de las inquietudes del Gobierno, indiferente a que nos perciban como un mal país para la actividad empresarial.
tinlo@economistaeneltejado.com
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