«Nos hemos ahogado sólo los de la parte de abajo. Arriba viven los señoritos. Nuestro barrio se anega porque es humilde, si ahí viviera otra gente, otro gallo cantaría». Lo ha dicho Manuel pero podría haberlo cantado Menese en aquellos años de rabia donde los andaluces no nos mordíamos los puños del camisón. Écija, la ciudad de las torres, se ha inundado una vez más sin que nadie se haya alzado frente al poder omnímodo que acumula ese partido que es el partido al más viejo y rancio estilo. Nuevos caciques para esta tierra que no consigue desembarazarse de ellos. Antes llevaban el yugo y las flechas bordados en la camisa azul, o ni siquiera eso. Ahora van con el puño y la rosa. Antes los ponían los jerarcas del Movimiento. Ahora, el mismo pueblo que calla y asiente cuando el lodo de la desidia oficial anega sus casas una y otra vez.
El problema no está en los presuntos señoritos que viven en la parte alta de Écija, sino en los señores y en las señoras —seamos ecofeministamente correctos— que se gastan una riada de millones en mantener la red clientelar del Régimen mientras las obras que podrían evitar estas catástrofes se quedan en la propaganda oficial. Ahí está el problema aunque los mismos que eligen a estos nuevos caciques no quieran reconocerlo. ¿Cómo es posible que sea la Agencia del Agua, esa avanzadilla de la Administración paralela diseñada por Griñán, la irresponsable que permite esta vuelta a la Andalucía de las riadas? ¿No nos habían vendido que el decretazo del enchufismo serviría precisamente para agilizar la burocracia? He aquí el resultado.
Los defensores a ultranza de este Régimen que está ahogándose en sus propias mentiras dirán que la autonomía sirve para resolver los problemas de la ciudadanía, que no de los ciudadanos: las guías que edita la Junta podrían haber formado un muro de defensa para evitar las inundaciones ecijanas. Y están en lo cierto. Menos mal que han ido los barandas del griñanismo hasta Écija para recomendarles a sus habitantes que no se queden en las plantas bajas sino que suban a las superiores. Si no fuera por el consejero Pizarro, ¿qué sería de nosotros? Porque la gente, que es tonta por definición, se habría refugiado en los sótanos. Como el mismo Griñán, que no sale de San Telmo aunque España se encuentre en estado de alarma. ¿Ir a Écija? Sí, hombre... Para interrumpir el puente y para mancharse de fango los zapatos siempre hay tiempo. Mientras los votantes sigan echándoles la culpa a los señoritos después de treinta años de Régimen, ¿para qué moverse del sillón? Alberto García Reyes y Eduardo Barba, que sí han estado allí, recogieron esta frase que lo dice todo. Es un epigrama de Marcial, un comerciante que se dedica al género del bordado y que por eso mismo lo bordó: «Por Dios, que arreglen esto ya aunque sólo sea por vergüenza».


