Hace unos días he visitado en Nueva York la extraordinaria muestra dedicada a Balenciaga, definido con acierto como «arquitecto de la moda». Su obra ya es parte de nuestra historia viva; desde Goya, Zurbarán, Miró o Dalí, hasta la tauromaquia, la religión o la indumentaria regional, han sido fuentes de inspiración del maestro, un verdadero icono del siglo XX. Balenciaga dominó París: fue un español emperador mundial de la Alta Costura. Lo sorprendente de esta exposición, sin duda alguna admirable, es que desde que se traspasa el vestíbulo del edificio, que ostenta en su fachada —menos mal— una bandera de España, no hay escrita una sola palabra en español. Ni los paneles informativos, ni los rótulos, ni los catálogos de la exposición están escritos en español; solo en inglés. Toda la información de la propia institución está exclusivamente en lengua inglesa. La sorpresa continúa cuando comprobamos que el personal que atiende a los visitantes, muy complaciente y correcto, solamente habla inglés. ¿Así vendemos nuestra imagen y mostramos nuestra cultura? Y esto, en un país en el que la lengua española es el segundo idioma, y hablado en el Estado de Nueva York por más de tres millones de personas.
JUAN JOSÉ FERNÁNDEZ TEIJEIRO
NUEVA YORK


