NO sé ustedes; yo arrastro la sensación de estar viviendo un tiempo y en un lugar que cada vez se parecen más a un albañal. Lo de la persona que ha de encarnar al Rey Melchor en la Cabalgata no ocurría ni en nuestras peores pesadillas ciudadanas. Habíamos crecido al socaire de unos tópicos generosos y estimulantes que nos hablaban de risueñas primaveras, de revuelos de volantes, de geranios compositores de un cuadro puntillista y de cortejos de la ilusión. Nos reconfortaba creer que habitábamos la ciudad más cálida, colorista y genuina del mundo. Y de repente hemos caído en la cuenta de que nuestro ombligo está sucio. ¡Qué digo sucio! Mugriento, hediondo, rebosante de inmundicia. La miseria humana parece haber tocado fondo, pero no se confíen: nos dará más disgustos. Los albañales son así; por ellos vierte la sociedad su detritus.
Y sin embargo, en medio del estercolero germina la espiga. No sé de ella más que se llama Inmaculada, que es del Postigo y que ha trabajado como vigilante pero ahora está en el paro. Nada de eso es sustancial. Sí lo es, y mucho, que acaba de dar a luz a su tercer hijo, Federico, que viene a jugar con sus hermanos de 3 y 5 años. Inmaculada apenas rebasa la treintena. No ha perdido el tiempo a la hora de alumbrar. Federico ha sido noticia —más allá del ámbito familiar— porque los «medios» se le han abalanzado en cuanto ha nacido para presentar a sus padres como infortunados... porque han perdido 2.500 insignificantes euros. Inmaculada dio a luz 40 minutos después de que Zapatero enviara a la historia su antepenúltima trampa electoralista: el «cheque bebé».
Para contrastar la noticia no hay más que ver la cara de Inmaculada, y de su esposo, mirando embelesados a su nuevo e irrepetible hijo. Las fotos nos presentaban a la madre depositando un beso con los ojos en la prístina piel de su retoño, sin atender a la cámara, embebida en el misterio del que acaba de ser coautora: la vida. Federico crispaba su mano derecha y apretaba el puño izquierdo, mientras la amorosa mano de su madre le sostenía la cabecita a la altura de la nuca donde se agolparán el día de mañana las quimeras caídas y las infernales torpezas del mundo. ¿Qué son 2.500 euros frente a una vida acogida con ternura por sus padres?


