Lionel Logue no se ocupó de «el discurso del Rey», que para eso estaban los consejeros políticos de Jorge VI, sino del habla del Monarca —«speech» tiene ambos significados. Jorge VI vivió en un tiempo en que los soberanos se asomaban por primera vez a los medios audiovisuales. Y el Rey de Inglaterra lo hizo desde el primer momento —el Emperador del Japón no dejó oír su voz en la radio hasta el anuncio de la derrota.
El reto de Logue fue hacer de Jorge VI el señor de las ondas. Y lo logró. Esta batalla de Logue por superar la tartamudez del Rey era un anticipo del nuevo mundo hacia el que se encaminaba la vida pública en la que el peso de la imagen sería determinante. El gran valedor de Jorge VI —a quien tantos ningunearon por segundón, menos apuesto que su hermano Eduardo y por tartamudo, claro— fue Winston Churchill. Sabemos bien la fuerza que las palabras de Churchill tuvieron en la radio durante la guerra. Pero no podemos dudar que Churchill no hubiera durado una semana como primer ministro de haber sido escrutado por las cámaras de televisión de nuestros días. De igual manera, en la década de 1940 la radio dejaba a la imaginación agrandar los errores de locución.


