Acabo de pinchar en el vídeo de la Conferencia Episcopal sobre la Jornada por la Vida, que se celebra hoy y que este año lleva el lema «Siempre hay una razón para vivir». Mañana habrá en Madrid manifestación contra el aborto, y el domingo en Sevilla. Son, por así decirlo, los días grandes de la lucha por la vida, aunque también hoy sigan muriendo niños antes de nacer por el simple hecho de que en su caso el tamaño sí que importa; tanto que les va la vida en ello. Es fácil sucumbir al desaliento, viendo cómo la sociedad española en particular y las occidentales en general sólo se «movilizan» por el dinero. En las expresiones públicas de repulsa hacia la aceptación legal y política de la muerte voluntaria (por parte de los demás) del no nacido siempre nos vemos las mismas caras. Es verdad que durante los últimos años hemos salido a la calle, algo que no se veía desde el embate inicial de una Ley traída por los pelos como abanderada del cambio. Por eso, porque, como escribió Neruda en los Versos del Capitán, «vengo cansado a veces de haber visto la Tierra que no cambia», debemos celebrar estos días señalados para que podamos mirarnos mañana al espejo.
La campaña de los obispos revalida el hecho de que estamos asistiendo a un despertar de los resortes que ponen en marcha las grandes metamorfosis de la Humanidad. De un tiempo a esta parte, la jerarquía católica española ha abrazado los más sofisticados medios de comunicación, en este caso publicitaria, marcándose unos niveles de exigencia que arrojan un producto de calidad profesional. La estética depurada ayuda mucho a la eficacia del mensaje. El vídeo en cuestión sigue, pues, la senda del cartel del lince o de aquella fotografía en la que un recién nacido era sostenido por las manos de su padre y de su madre entrelazadas, con la leyenda «Es mi vida. Está en tus manos». Los obispos, con esta contratación de servicios especializados, están dando en el blanco de la sensibilidad popular, única manera —creo yo— de empezar a ganar esta guerra del bien contra el mal —llamémosle error si queremos suavizar las cosas.
Porque detrás de este esfuerzo lo que hay es la defensa —a ultranza, sí— de la verdad meramente humana sobre la gran falacia de que abortar es un derecho, incluso de que el miedo da derecho a ello. Me he permitido en el título de este artículo la licencia de aportar una palabra al eslogan episcopal. Es un vocablo que habla de libertad, porque de ese «dejar» vivir depende que nuestros hijos nos puedan mirar a la cara.
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