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Bereberes de Sevilla

El próximo 29 de abril se cumplen 1.300 años de la llegada del Islam a Andalucía

Día 17/04/2011 - 22.59h

La sombra de la Historia de Sevilla, que se alarga en estos días de luz hasta las tejas del Palacio Arzobispal, está rematada por el símbolo sustantivo de esta ciudad. Una veleta. Para medir los vientos rarefactos de un pueblo que honra a su pasado desde la desmemoria. Sevilla es lo que le dicte el aire a favor. Por eso antepone sus tradiciones a su Historia y hace de la costumbre su santo y seña mientras desprecia su origen. Sevilla olvida lo que ama. Ama y no se pregunta por qué. Presume de la esbeltez del alminar de Ahmad Ben Baso, concluido con la zalamería cristiana de Hernán Ruiz, sin plantearse siquiera por qué esa torre de la mezquita la define de forma tan concluyente. Tal es la importancia de la Puerta del Perdón. Bajo su dominio se acaba el rencor del mestizaje y se hace el sevillano un tornatrás que jamás rememora a sus deudos porque quiere proclamarse hijo de la pureza. Pero la verdad está ahí escrita en los libros. Y nuestra pureza habita únicamente en la mixtura. Así que ahora que Sevilla celebra su esencia cristiana es buen momento para recordar una efeméride moruna de nuestra idiosincrasia.

El próximo 29 de abril se van a cumplir 1.300 años de la llegada del imperio omeya a estas tierras. Ese día del año 711 los barcos de Tarik Ibn Ziyad, general bereber y lugarteniente de Muza Ibn Nusair en el Norte de África, cruzaron el Estrecho con 5.000 soldados para enfrentarse a las tropas del rey visigodo Rodrigo. Acabó con los 1.700 godos de Teodomiro en Algeciras hasta ocupar el peñón al que dio su nombre: Pico de Tarik, Gebel al-Tarik. Gibraltar. Después quemó sus barcos para impedir que los suyos desertaran y avanzó hasta conquistar Sevilla y Córdoba. Al-Andalus. Y así comenzó una historia de ocho siglos de Islam en Andalucía que resistiría hasta que los Reyes Católicos expulsaron a los últimos nazaríes de Granada. Así conocimos los andaluces el esplendor de un califato y la decadencia de los Taifas. Y así llegaron a Sevilla los almohades del Alto Atlas, vencedores de la pugna contra los almorávides y creadores de la imagen de la ciudad. El alminar y la torre del río. Oro macizo de una arquitectura que apuntaló los pilares de esta tierra y sin la cual no seríamos lo que somos. Perdón, el de la puerta cristiana de la mezquita, y olvido. Sevilla no le guarda rencor a la jarcha de la que extrajo la saeta. Ni al moecín del que aprendió la toná. Ni a los moriscos que se quedaron en la Alcaicería cosiendo el cartón de los capirotes. Ni a los muladíes que siguen rezando en mezquitas de barrio sahumando alhucema en incensarios. Sevilla, que tiene su corazón en el Alcázar, que recita al rey taifa Al-Mutamid en sus amores con la esclava del arriero, que rehizo su muralla por orden del sultán Ibn Yusuf y que bebe el agua de los aljibes ocultos sobre los que se yergue, es hija de romanos, tartesos, godos y bereberes. Aquellos saharianos que llegaron hace 1.300 años a Algeciras y que son la columna vertebral de esa larga sombra que ilumina nuestra idolatría.

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