Ayer se conmemoró el XXV aniversario de la muerte de Borges en Sevilla, la ciudad donde se inició como poeta en la revista Grecia. No hubo conferencia pagada generosamente al intelectual orgánico de turno en la biblioteca que al final no se levantará sobre los jardines que se bifurcan en senderos judiciales y políticos. El homenaje al ciego que veía la luz en las palabras que surgían de su privilegiada imaginación se celebró en la calle. No era Domingo de Ramos pero la procesión de las palmas salió a la luz cegadora de junio que describió Manuel Machado, tan admirado por Borges, en ese poema sobre el Cid que reescribió la ciudad a su antojo: El ciego sol se estrella / en las dulces aristas de la plata, / llaga de luz las velas y estandartes / y flamea en las puntas de las varas.
No era Domingo de Ramos pero volvieron a encontrarse el misterio de la Cena y la imagen de Santa Ángela. No fue en la calle Imagen, sino en Placentines. El paso al completo, con Judas en la acera, se derramaba literalmente porque no cabía en el Palacio Arzobispal, creando ese efecto barroco que estudió Wölfflin en su imprescindible libro sobre los conceptos universales en la historia del arte. Por allí pasó la procesión de las palmas aunque no fuera Domingo de Ramos para que el tiempo tomara esos atajos que tanto juego le daban a Borges en sus relatos.
Antes habían pasado los niños carráncanos, cuando los relojes marcaban las diez de la mañana. Al otro lado de la Catedral se dejaba ver la imagen de San Leandro. El Corpus no es una procesión aunque lo parezca. No hay un instante en que todos los integrantes del cortejo estén en la calle. Bacalaos de vuelta salían por la Puerta del Perdón cuando Santa Ángela aún no había bajado la Cuesta del Bacalao. Espejos borgesianos para el espejismo de este Corpus al que se le ha ido la mano de la medida hasta el punto de convertirse en una sierpe que se fagocita a sí misma.
La procesión de las palmas comenzó en la Avenida tras la Custodia que nos reconcilió, un año más, con el misterio de la belleza y con la belleza del misterio: en esa moneda está la plata más pura de la ciudad que algunos llevamos dentro. La procesión de las palmas tuvo como protagonista a un alcalde que fue escuchando palmas y más palmas desde que salió de la Catedral. La Sevilla de siempre, novelera y amante del hosanna propio del Domingo de Ramos que derivó en esta ojana de Corpus, se encargó de cambiarle la letra al poema de Manuel Machado. No era el Cid, sino un alcalde que no caminaba precisamente rumbo al destierro: «El ciego sol, la juncia y las espigas. / Por las rendidas calles sevillanas, / a la gloria, con veinte de los suyos, / a Juaninasio le tocan las palmas». No era Domingo de Ramos, el día en que la ciudad recibe a golpe de palmas y de hosannas al Mismo que crucificará esa misma noche.


