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Día 10/07/2011 - 08.05h
Tanto en el artículo que el pasado mayo ganó el IV Premio ABC Periodístico Taurino «Manuel Ramírez» como en su sabrosa presentación pública en el acto de entrega que tuvo lugar unos días más tarde en la sede sevillana del periódico, su autor, el lord inglés Tristan Garel-Jones, con un perfecto dominio del español y un finísimo sentido del humor, ejemplificó con algunos episodios reales hasta qué grado de ridiculez podía llegar en la sociedad británica la hiperprotección a los animales y la consiguiente dificultad para entender las corridas de toros. No ya para defenderlas o atacarlas sino simplemente para intuir sus claves más esenciales.
En esa extremada pulsión animalista del mundo anglosajón, que también comienza lentamente a instalarse en España, hay que entender la creciente defensa de una supuesta «humanización» del toro. Forzando el orden de la naturaleza, se asimila el sufrimiento de la fiera al de la persona, trasladando así el problema desde el dominio puramente instintivo del reino animal al ámbito de la ética humana, fundada, como es obvio, en el intelecto y en el espíritu. Semejante distorsión moral genera no pocos lances pintorescos. Según Garel-Jones, en Inglaterra hay más de seiscientas asociaciones destinadas a proteger a toda clase de animales, incluidos el hurón y los cocodrilos. Y una rica dama había testado una suma cifrada en varios millones de dólares para que, una vez muerta ella, a su adorada perrita no le faltaran nunca los más exquisitos cuidados.
Puede que ambos episodios, relatados en el tono coloquial y desenfadado con que aquella noche lo hizo el lord británico, no pasen de parecernos otras tantas caricaturas sin más trascendencia. Pero haríamos mal, como él mismo sugirió con agudeza, en tomárnoslas en broma, ya que encubren un mensaje de más grave calado. En nuestra sociedad del bienestar esa creciente «humanización» del mundo animal corre pareja — no sé si en una relación de causa y efecto— con un proceso de «deshumanización» de la persona y con una resistencia a aceptar con naturalidad la condición trágica de la vida humana, vinculada, tal como se escenifica al desnudo en el ritual de la corrida, al hecho inapelable de la muerte.
Morir es sin duda el trance de la vida que más radicalmente se vive en soledad. «Por las gradas sube Ignacio / con toda "su" muerte a cuestas», escribió Lorca en su genial planto por Sánchez Mejías, subrayando con ese adjetivo posesivo el carácter individual que define al hecho de acabar. Esa soledad esencial de la muerte se ha compensado durante siglos con el reconocimiento social de su existencia y el respeto a su alta dignidad, ahora tan interesadamente confundida desde cierta izquierda política con la elusión terapéutica del dolor. Temida pero aceptada, la muerte ha formado parte natural del universo de los vivos como un hecho cotidiano que podía ser asumido con rebeldía o con conformidad pero que no se ocultaba a los ojos de los demás. En la rígida sociedad estamental de la Edad Media la muerte estaba tan presente en la vida diaria que su poder igualador servía de consuelo a los más bajos en la pirámide social, ya que, como sentenciaba Manrique, «a papas y emperadores / e prelados, / así los trata la muerte / como a los pobres pastores / de ganados». Y en pleno siglo XVII la vista desengañada de Quevedo no hallaba «cosa en que poner los ojos/ que no fuese recuerdo de la muerte».
Sin caer en tales actitudes, producto de pasadas concepciones del mundo y también de la extrema indefensión con que a lo largo de muchos siglos la medicina ha tenido que afrontar los estragos de la enfermedad, es obvio que carece de sentido ignorar la presencia de lo inevitable. El hombre de hoy, sin embargo, acostumbrado a unos niveles de bienestar que alivian notablemente sus males físicos y acrecen sus años de vida, empieza a considerar la muerte como algo que viene a perturbar inoportunamente su placentera trayectoria vital. Un lance que hay que ocultar a los ojos de los niños, someterlo a la cuarentena del silencio, reducirlo al ámbito de la privado, desterrarlo de su horizonte mental, acortar el ritual del duelo trasladándolo fuera de la casa familiar, convertir, en suma, la muerte en un tabú, es decir, en una palabra evitada por el hablante, como si eludiendo su formulación verbal, pudiera conjurarse el hecho inevitable del morir.
En ese contexto mental no es de extrañar que cada vez se tienda más a soslayar la palabra muerte o a sustituirla por tranquilizadores eufemismos y sobre todo a desviar la atención de aquello que pueda recordarla o inducir a reflexionar sobre ella y a enfrentarse a su cruda realidad. Es muy posible que algo tenga todo esto que ver con el militante antitaurinismo actual. En su más profundo sentido, y en paradójica armonía con la función festiva que la corrida de toros ha cumplido y sigue cumpliendo en el dominio de la cultura hispánica, es también evidente que aquélla ejemplifica a lo vivo, lejos de cualquier posible simulación, esa agónica dialéctica que cada cual ha de entablar tarde o temprano con el hecho cierto de su propia muerte. Justamente la dialéctica de la que buena parte de la sociedad de hoy no quiere ni oír hablar.


