DE vivir, Manolete cumpliría hoy 93 años. Nació un 4 de julio de 1917 en la casa de la calle Torres Cabrera donde una placa lo recuerda actualmente. Hijo de Manuel Rodríguez y de Angustias Sánchez, perdió a su padre a los cinco años, y la familia pasó a vivir en la plaza de la Lagunilla, en una casa humilde que el urbanismo de los setenta derribó. Se abre dicha plaza en el barrio de Santa Marina, barrio taurino por excelencia, que cuenta con dos de los tres monumentos a Manolete en Córdoba. El tercero es su panteón en el cementerio de la Salud.
El barrio de Santa Marina se agrupa entorno a la bellísima iglesia fortaleza que le da nombre. Una de las catorce parroquias que mando alzar Fernando III tras la Reconquista. Barrio señorial y popular con grandes mansiones como el Palacio de Viana y el desaparecido de los Condes de Priego, y casas de vecinos, alguna tan hermosa como la de la calle Marroquíes, reiterada ganadora del Festival de los Patios. También tiene el barrio sus conventos, como San Agustín o el de las monjas de la Puerta del Colodro, el primer templo que se abre en la ciudad, a las siete de la mañana.
Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete», debutó ante el público con el espectáculo itinerante «Los Califas» y tomó la alternativa en Sevilla en julio de 1939. Desde entonces cada año fue un éxito, en España, México y Colombia, calificando los expertos su estilo de peculiar, elegante y vertical. Manolete influyó en el arte del toreo de una manera patente: gran estoqueador, evolucionó el toreo de muleta, toreando de frente, citando de perfil y con el engaño detrás del cuerpo, el toro giraba en torno a él. Tuvo la genialidad de los elegidos: consiguió dar un paso adelante, ir más allá, en una profesión donde todo parecía ya inventado.
Manolete murió joven y de forma trágica, como los antiguos dioses preferían a los héroes, a los mitos. En el Hospital de los Marqueses de Linares, diez horas después de ser empitonado por un miura, de nombre «Islero», el 28
de agosto de 1947, y víctima, como ha demostrado José Toscano, del shock anafiláctico que le produjo una transfusión sanguínea. Su figura escueta y sobria y su carácter seco y duro, se habían convertido en icono de Córdoba y lo cordobés, pero sólo a partir de ese momento, Córdoba lloró en adiós multitudinario a quien no había ensalzado multitudinariamente en vida, y lo reivindicó como cordobés ilustre.
Un centenar de libros
Manolete tiene otra peculiaridad: ha reunido para tratar su figura y entorno más lidiadores gramaticales que torero alguno. Los libros dedicados íntegramente a su personalidad, su figura y modos de entender el toreo rondan el centenar y los poemas a él consagrados igualmente son numerosísimos; Fernando del Arco de Izco ha localizado 800 que ha reunido en su libro «Parnaso Manoletista».
La casa de «Manolete» en la Lagunilla era una casa modesta encalada, con un pequeño patio que daba acceso a las habitaciones. En los pasillos cubiertos estaban las cabezas disecadas de dos toros con historia: uno con el que tomó la alternativa de manos de Mazantini, en 1900, Lagartijo Chico, primer marido de doña Angustias y otro el que le cedió Machaquito al padre de Manolete en 1907. En esta casa vistió por primera vez el trajes de luces y a ella lo llevaron a hombros en sus triunfos cuando toreaba en el coso de los Tejares.
En la plaza de la Lagunilla se yergue, desde 1948, el busto en bronce al IV Califa dedicado por el Ayuntamiento y realizado por Juan de Ávalos. Unos metros más adelante, en la plaza del Conde de Priego, frente a Santa Marina, está el gran conjunto escultórico de «Manolete». Tras la espectacular recaudación de una corrida liderada por Carlos Arruza y José María Martorell, en 1956 se inauguró esta obra de Álvarez Laviada, con el diestro de cuerpo entero y escoltado por sendos mozos y caballos.
POR JUAN JOSÉ PRIMO JURADO




