Córdoba

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RUIDO SOLIDARIO

Día 12/07/2010
LA solidaridad aparente que nos abruma a todos de un tiempo a esta parte, nos lleva a calificar así cosas tan variopintas como la noche y el gazpacho, olvidando la luz del día y los boquerones fritos, la tarde y el rabo de toro. La palabra se imitó del francés, y el Código chileno de 1856 (país hermano con el que ahora somos solidarios, no faltaba más), redactado por Andrés Bello, aún decía «solidariedad». Leo esto en Menéndez Pidal, que en 1944, hablando de la unidad de nuestro idioma, aún veía posible rectificar esta palabra «siendo de uso tan escaso y técnico». Comprobamos una vez más que las palabras tienen vida propia y si el vocablo técnico de ayer está en todas las bocas, se ha gastado y no dice mucho.
El problema de la solidaridad —adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros, afirma el Diccionario— es su omnipresencia insoportable. La definición académica deja claro que la simpatía es circunstancial o momentánea, pero tanta insistencia acaba siendo una murga insufrible. Porque si todo es solidario, las demás adhesiones quedan anuladas de suyo; si el paseante de turno o el tonto del teléfono, lateros a domicilio, se creen con derecho a interrumpir mi camino o mi labor o mi siesta, no notaremos la diferencia que existe entre las manos unidas y los huevos revueltos.
Nuestro problema —cordobés, andaluz, español...— es el estruendo inmisericorde que nos atruena todos los días, aunque se vislumbra un principio de acuerdo al comprender los jueces por fin que el ruido no es una falta sin importancia, como se ha estimado durante demasiado tiempo, sino una agresión pura, un delito en toda regla. No se explica el alboroto de tanta gente; es decir, la insolidaridad manifiesta del taxista o del conductor de autobús que ignora a los viajeros con su música estridente o su tertulia inopinada de las ondas; o la insolidaridad alevosa de la gente del bar cuya «zona libre de humo» (bendito sea Dios) parece que les faculta para compensar con una cosa ambiental horrísona que nos obliga a gritar, a mirar a los labios y a repetir lo dicho una y otra vez. Ni hablando claro nos entendemos. «¡Eh!»
Pensando estas cosas, reclamando el derecho al silencio durante años, doy con la fórmula extravagante a que hemos llegado. Vivimos en una tierra donde el ruido parece tan obligatorio que se ha convertido en medio estupendo para apoyar causas o empresas de filiación desconocida, y quienes abogamos por su limitación o control podemos ser motejados de extranjeros, cuando no de egoístas, ya que tenemos asuntos propios, algo pendiente siempre. Y si en el colegio, pongamos, el maestro ordena bajar la voz a un niño... pues es probable que su madre aparezca al día siguiente para desconcertar los términos de la buena educación: a fin de cuentas aquí siempre nos hemos entendido a gritos, se asegura, como si la educación no fuera precisamente desbastar, pulir, disciplinar. La otra educación, la que no desbasta, ni pule, ni disciplina; la «educación que respeta la libertad del niño» hasta el punto de dejarle que hable mal y escriba peor, que haga lo que le dé la gana, esa es la escuela desconcertante que burla burlando hemos elaborado y de la que huyen muchos padres, que prefieren pagar lo que sea en las redes privada o concertada, donde casualmente se hace lo mismo que en la instrucción pública de muchos países. «Procurar el orden en todo», fue el consejo de Comenio en el siglo XVII.
Volviendo al ruido estupefaciente. A la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que promulgó la Asamblea Nacional francesa el 26 de agosto de 1789, le faltaría, según algunos que nos rodean, el derecho solidario al ruido, aunque algo se reconoció con «vociferación» y «vociferar», que cierran el catálogo de 418 palabras de la Revolución, pues las ideas revolucionarias cruzaron nuestra frontera, como hoy entra la droga. Pero los vociferantes del «ruido general del siglo vocinglero en que vivimos», que dice Larra, ¿por qué causa luchan, contra qué orden se organizan?
Así pues, más que un derecho particular de los españoles, acaso más palmario en Andalucía, el ruido se ha impuesto tras larga costumbre con fuerza incontrastable; más que derecho parece un designio. A Delibes le gustaba el silencio, pero en 2010 se honra a los muertos con aplausos y voces. En fin, ¿ruido solidario o silencio misericordioso? Esta es la cuestión.
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