Córdoba

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FELICIDAD

Día 14/07/2010
EL pasado jueves, dentro de los actos conmemorativos del Décimo Aniversario de ABC Córdoba, Juan Miguel Villar Mir, presidente de uno de los principales grupos empresariales españoles y de los de mayor proyección internacional, dictó una conferencia realmente magistral: «Actitud ante la crisis».
Con el solo apoyo de datos económicos oficiales, fue describiendo, con una claridad ejemplar, la significación económica de los mismos, absoluta y comparada, y su incidencia en los parámetros básicos de la economía española (fundamentalmente: endeudamiento, paro y productividad). Con elegante sobriedad, mostró el porqué de la situación actual y ofreció un breve avance de cuáles habrían de ser las reformas estructurales precisas para superar una crisis que es más grave y profunda de lo que queremos creer y que durará más de lo que nos gustaría.
Todo ello no era sino un brillante preámbulo de lo que constituía propiamente el contenido anunciado de su conferencia: la actitud ante la crisis. Y ésta la resumió en las dos propuestas finales que hizo a los numerosos empresarios allí presentes: primera, que deben dedicar lo principal de sus energías a la creación de empleo, y, última, que su quehacer central debe ser generar felicidad en su entorno; así, tal cual: felicidad en sus empleados y trabajadores, como garantía del éxito propio y de la empresa.
Debo confesar que tal colofón me resultó extraordinario, por sorprendente. Sobre todo, porque las conclusiones finales de una intervención tan técnica y compleja no eran de naturaleza económica o financiera, sino moral: compromisos de actuación que tienen que ver con valores, con beneficios para otros, con responsabilidades personales y sociales: creación de empleo y de felicidad, como remedio a la crisis. Y, desde luego, me sigue causando todavía admiración la consistencia personal que es precisa para proponer una conclusión así, con toda naturalidad, con absoluta convicción, a un auditorio cualificado como el que allí había.
Personalmente, creo también que ésa es la puerta que hay que traspasar al hablar de la crisis. Aprovechando la estela que abre la invocación a la felicidad hecha por el señor Villar Mir, y animado por su determinación, me atrevo a afirmar por mi parte que entre los antecedentes de «la crisis» la pérdida de referentes morales ha sido una, si no la principal, de sus causas.
Hace ya años que de la alocución política, económica y cultural, del discurso educativo, hasta de la prédica familiar, han desaparecido prácticamente las referencias al sentido de la responsabilidad personal y social; a las ideas de obligación y deber, frente a sí mismo y ante los demás; a la búsqueda del bien común como supremo valor colectivo y de que su logro es una tarea de todos, a la que todos debemos contribuir; al valor del trabajo, de la autodisciplina y del esfuerzo, a la capacidad de sacrificio, como actitudes personales ejemplares; al enaltecimiento del trabajo bien hecho y de la satisfacción personal que produce hacerlo; al reconocimiento de la superación personal como vía para ser mejores, y no sólo para tener más; a la aceptación de que somos titulares tanto de derechos como de obligaciones; a la recuperación de la idea de que junto a mis intereses tienen que convivir y prosperar los de los demás; a la reafirmación de que el objetivo de la política no es ganar las próximas elecciones, sino engrandecer la Nación y mejorar la vida de los ciudadanos…
A partir de un momento determinado —que incluso podría datarse con precisión en nuestra historia reciente—, tales valores y principios se consideraron trasnochados, herencia retrógrada de un discurso reaccionario, falsa retórica encubridora de un ideario político-religioso censurable, rémoras de un pasado que debía ser superado.
La consecuencia fue, por una parte, la apropiación de tales valores por los sectores políticos, culturales y religiosos más reaccionarios, que los han utilizado como expresión nostálgica de un mundo perdido; por otra, la generación de un vacío de referentes éticos y morales, que se ha ido llenando con una ontología de base exclusivamente utilitarista y pragmática, en la que todo se mide en función del valor y el interés económico, y en la que la cumbre del éxito personal y social la representa exclusivamente el «tener» y no el «ser», la ganancia abundante, inmediata, fácil y, sobre todo, sin esfuerzo; y si nos la proporciona el Estado, mejor.
También esto, creo, tiene mucho que ver con la crisis, y por eso me resultó tan sorprendente y admirable la propuesta del señor Villar Mir, en su conferencia del pasado jueves.
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