Córdoba oculta en su interior pasadizos, cloacas romanas y baños califales. Lugares olvidados que nadie ve. El más legendario de todos tal vez sea el lago bajo las Tendillas. Muchos piensan que es sólo una leyenda urbana. Pero el lago existe y se puede acceder a él. Rafael, oficial del área de Cultura de la Diputación de Córdoba desentraña el misterioso lago en pleno centro de la capital cordobesa y desempolva un ambicioso proyecto de mediados de los años 80.
—¿Cuándo escuchó usted hablar del lago bajo las Tendillas?
—En el año 1986. El entonces responsable del área de Cultura en Diputación, de Córdoba, Manuel Melero Muñoz, me mostró un proyecto para Córdoba en el que estaba muy ilusionado. Era parecido a los espectáculos que pueden contemplarse en las Cuevas del Drach, en Mallorca.
—¿En qué consistía?
Los músicos estarían en un pequeño auditorio y los espectadores podrían escuchar sus conciertos en barcas mientras bordeaban un lago subterráneo. Lo curioso de aquel proyecto es que ese lago se encontraba bajo las Plaza de las Tendillas.
—¿Qué pensó usted?
No me lo creía. Pero una mañana, Manuel Melero, me pidió que buscase un par de linternas porque había conseguido la autorización para acceder al lago desde el domicilio particular de don Antonio Alarcón, que fue alcalde de Córdoba hasta 1979, y que residía en las Tendillas; muy cerca del Restaurante Siena.
—¿Qué vio usted?
A la derecha del zaguán, a la entrada de la casa, había una reja. La abrimos y bajamos un par de escalones. Allí había una barca flotando en el agua. Todo estaba oscuro. Alumbré con la linterna y vi el lago. Ocupaba todo el espacio de las Tendillas. Pude contemplar estalactitas y estalagmitas, igual que en una cueva, pero también los cimientos de los edificios. Todo parecía irreal. Lamenté no haber llevado una cámara de fotos.
—¿Qué profundidad tenía el lago?
Con una cuerda y una piedra atada al extremo calculé unos dos metros hasta tocar el fondo. Era un agua cristalina que parecía proceder de un arroyo misterioso, hondo y claro. Comprobé que había espacio suficiente para construir un pequeño auditorio y bastante extensión para que varias barcas navegasen. Con un juego de iluminación adecuado, los visitantes, parecerían transportados a otro mundo.
—¿Qué se escuchaba?
Silencio y el correr del agua. Un par de metros por encima de mi cabeza pasaban coches y miles de personas. El ruido de una gran ciudad. Allí abajo, sin embargo, todo estaba tranquilo y la acústica era perfecta.
—¿Comentó con alguien que había un lago bajo las Tendillas?
Se lo dije a todo el mundo pero pensaban que estaba loco. Me da igual. Yo estuve allí. Nuestros responsables públicos saben que existe. Todo aquel que haya hecho una obra en las Tendillas lo conoce. En cualquier otra ciudad del mundo ya se le habría sacado partido ¿Imagina las posibilidades turísticas de una visita en barca a un lago subterráneo en pleno centro?
—¿Qué pasó con el proyecto de Melero?
Se olvidó y hoy debe estar criando polvo en alguna caja. Es una pena que una ciudad que quiere lograr la Capitalidad Europea de la Cultura no le saque más partido a lo que tiene.
—¿Guarda Córdoba más secretos?
Córdoba está llena de secretos. Pero no nos arriesgamos a descubrirlos.




