RAFAEL CARMONA
Maldonado posa en el vestíbulo del Córdoba Center
Esta joven de 32 años liquida de un plumazo todos los prejuicios sobre la mujer gitana. No se presenta a la cita en bata de guatiné, ni en zapatillas de paño, ni bajo ninguno de los clichés que el imaginario colectivo reserva injustamente hacia esta comunidad. Aparece en el Córdoba Center a la hora estipulada, se adentra en la cafetería del hotel de cuatro estrellas, saluda cortésmente al periodista de ABC y toma asiento en una de las mesas de la sala. A lo largo de una conversación de algo menos de una hora, hay una idea que visita recurrentemente su discurso. Lo importante, lo irrenunciable, lo imprescindible, subraya machaconamente, es estudiar, formarse como individuo. Dolores Maldonado, como ven, pulveriza todos los tópicos.
—¿Cómo es la mujer gitana del siglo XXI?
—Un ser en continuo cambio. En continua formación.
—¿Usted le tiene miedo al cambio?
—No. Las mujeres gitanas no tienen que tenerle miedo al cambio. Yo las animo a todas.
La culpa de este afortunado empecinamiento la tuvo, quizás, su padre, obstinado como estaba en estudiar una carrera en un entorno claramente desfavorable. Tanto que se tenía que subir al tejado con los libros y una linterna ante la oposición de su progenitor. «Mi abuelo no lo dejaba. Es lo que pasaba antes: se trabajaba desde muy pequeño. Y mi abuelo, que enviudó muy joven, quería que mi padre trabajara para ayudar en casa. Y lo hacía durante todo el día, pero por la noche se subía al tejado para estudiar. Empezó ingeniería, y luego delineación, pero no las pudo terminar. Eso fue una frustración para él y entonces quiso que nosotros estudiáramos».
Dolores Maldonado se decantó por Psicología, que estudió en su Málaga natal. Y superó la carrera sin excesiva dificultad, aupada en su diligente actitud hacia el estudio. «En la Universidad tuve una buena experiencia. Siempre me he sentido bien y nunca escondí si era o no era gitana. En mi caso, nadie se interesó sobre mi condición».
—Una mujer gitana en la Universidad es poco común.
—Yo no conocí ninguna. Ni mujer, ni hombre. Pero todo esto está cambiando hoy en día.
Las estadísticas dicen que sólo uno de cada cien gitanos posee estudios superiores. Y la experiencia de Dolores Maldonado, que trabajó durante un tiempo en el Secretariado Gitano de Córdoba como educadora social, indica que se detectan cambios claros en esa tendencia. «Cada vez hay más gitanos que se incorporan al mundo laboral, a cursos de formación. En la Fundación Secretariado Gitano se percibe. Vienen a informarse porque ven que se están quedando atrás».
—¿Hay una percepción de que eso puede acabar con su cultura?
—Hay diferentes vertientes. Algunos dicen: «Las mujeres en casa con los niños». Pero, en general, están viendo que es lo que hay. Si no están formados no sirven ni para recoger basura.
—¿La formación puede cambiar el modo de vida gitano?
—No tiene por qué. Yo he estudiado y sigo mis tradiciones. Estuve tres años de novia y me casé con mi boda gitana.
Su marido, Eduardo Flores, guitarrista flamenco y miembro de una familia cordobesa de artistas, se ha incorporado a la conversación y atiende pacientemente las palabras de Dolores. Ella vive en Córdoba desde que se casó, hace ocho años, y durante tres trabajó en programas de absentismo escolar, cuyo índice golpea duramente a la comunidad gitana en barrios periféricos. «Vamos por las casas y los colegios para que los niños no falten. Me he encontrado muchísimo absentismo. Hacemos talleres para que la familia se acerque al centro escolar. Hay mucha desconfianza hacia el sistema educativo. Y en esto no se distingue entre gitanos y no gitanos. Las madres nos dicen: «¿Cómo mando yo a mis niños al colegio si no tengo para un Cola Cao?». Si los padres no tienen motivación, ¿cómo le van a decir a sus hijos que estudien?. Vamos por las casas para animar a las madres y a las niñas.
—¿Y qué se encuentra?
—Mucho rechazo. Gente que te dice: «¡Anda ya, tanto estudiar!». O niñas que se quitan de la escuela con once o doce años para casarse.
—¿Qué se ha quedado por el camino?
—No percibo que se pierda nada. Hay gente que piensa que por el hecho de estudiar perderá parte de su cultura.
—¿Qué es la esencia gitana?
—Sobre todo, los valores: las bodas gitanas, el respeto a los mayores. Y el rito del pañuelo, que se sigue manteniendo.
—¿Qué prejuicio le ofende?
—Un día en un supermercado dijo una mujer: «¡Niña, que pareces una gitana!».
—¿Qué sintió?
—Yo le dije: «¿Tú me ves a mí pinta de gitana?». Y ella, que me conocía, me dijo: «No, tú no». «Pues yo soy gitana», le dije, «y no me gustan ese tipo de comentarios».
—¿Qué es tener pinta de gitana?
—Pensará la gente que es ir en pijama por la calle, despeinada y con zapatillas.
—¿Aún quedan prejuicios?
—Sí quedan. En la tele salen siempre las chavolas, la venta de droga y no sale el gitano que es abogado.
—¿Qué es el orgullo de raza?
—Yo nunca lo niego. Muchas veces me han dicho: «Tú no digas que eres gitana». Pero nunca me he escondido: ni en la escuela, ni en el instituto, ni en la universidad. Y nunca he sentido rechazo.
—¿Existe la ley gitana?
—Cada vez menos.
—¿Cuál es su ley?
—La de todo el mundo.
—Si se pierde la tradición, ¿qué se pierde?
—Una cultura desaparece. Eso no se pretende. En la Fundación, enseñamos a los niños que hay una historia, unas tradiciones, una lengua, que muchos no conocen.
—Por cierto, ¿qué hacemos con el burka?
—Yo no veo ofensivo que vayan con el pañuelo en la cabeza. Son costumbres.
—¿Con qué sueña?
—Con formarme más. Y criar y formar a mis niños.
—¿A qué conquista no renunciaría?
—Ni a trabajar ni a estudiar.
—¿Y qué le queda por conquistar?
—Todo mi afán es que todos los niños se formen. Que estudien. Que no nos quedemos atrás.
—¿Qué nos queda para la igualdad?
—Bastante. Y en el mundo gitano más. Hay todavía mucho machismo. Los hombres son más reacios, pero la mujer gitana es el motor del cambio.
—¿Cree en la igualdad?
—Yo lucho por eso.
—¿Y encuentra comprensión?
—A veces sí; a veces no. Y, a veces, es una un bicho raro.




