CUANDO la Universidad española se dispone a estrenar sus grados con arreglo al plan Bolonia, los estudiantes que terminan bachillerato están matriculándose o apuntándose provisionalmente para seguir la carrera que quieren, si lo permite su nota de corte: primera opción, segunda... La nueva puntuación de la novísima selectividad, para más inri, ya ni siquiera estriba en el 5 y el 10 tradicionales, y los chicos se hacen un lío entre las plazas que se ofertan con aparato publicitario y el relumbre de una nota que no saben manejar. Esperamos a setiembre.
Ello es que hay carreras infladas innecesariamente y estudios vacíos, quizá porque los chicos —con una tasa de matrícula muy barata— atienden más a las modas que a su voz íntima, y así les va; así nos va a todos. En España por cada estudiante universitario hay uno de formación profesional, dice el académico José Ángel Sánchez Asiaín en ABC el 15 de julio, cuando en la Unión Europea son tres. ¿Vigen aún razones de des/prestigio?, ¿es pura inercia? El ministro Gabilondo acaba de insistir en que hay demasiados universitarios en España; declara que hay más estudiantes de Derecho en Madrid que en todo el Reino Unido, y entonces volvemos a recordar al maestro Correas, que en su refranero de 1627 aún distingue las tres religiones: Judíos en Pascuas, moros en bodas, cristianos en pleitos, gastan sus dineros. El cristiano era pleiteante, y los profesores de Derecho advierten en sus clases que el español lleva un abogado dentro. Sí: un abogado y más cosas.
Enredadas en su laberinto, hay Facultades que ofrecen plazas según criterios no siempre acordes con las capacidades reales de los centros, y la desorientación y el precio módico atraen a chicos en tropel. En el ascensor de mi casa se asegura que caben 6 personas, pero yo ya me he negado a entrar, incluso con menos de 5, en ese metro cuadrado y hago un poco de ejercicio. ¿Y qué pasó hace unos días en Duisburgo? Por lo demás, cuando el admirable José de Calasanz abrió su escuela para niños pobres en Roma, se dio cuenta en seguida de que un maestro puede atender a lo sumo a 50 discípulos; a 40, consideró Federico Mayor Zaragoza...
Algunas carreras se han convertido en pateras, y los estudios, ya devaluados por lo poco que cuestan, se devalúan más todavía, porque ni siquiera es controlable la asistencia y al fondo los espera la otra fiesta nacional: las oposiciones, que algunos aprovechan para empezar a figurar, para abandonar estudios y trabajos. Por cierto, cuando el Tribunal Constitucional ha amparado, no hace mucho, esas infraviviendas de Valencia, ha dictaminado de paso que sus habitantes vivirán en la calle; pero en tal caso no estamos ante la vivienda digna y adecuada que dice la Constitución, sino ante una vivienda patera, es decir, ante «chicos de la calle» a perpetuidad, vivencia que ya hizo pensar a doña Emilia Pardo Bazán.
¿Quiénes hacen las cuentas? Un catedrático de Filología Inglesa se pregunta en «El País» por qué a los españoles se nos da mal en inglés, como si el francés o las demás cosas —la ortografía o la sintaxis españolas, por ejemplo— se nos dieran bien. Al comparar con Europa, da razones, pero el profesor Galván, rector de la Universidad de Alcalá, olvida nuestros viejos cursos de bachillerato de seis meses, lejos de las 38 semanas de los países europeos. En fin, está todo tan enredado que el numerus clausus, latinajo que significa número cerrado, puede resultar en realidad lo contrario, numerus apertus: número abierto con generosidad a la espera de muchachos y muchachas abundantes y dispuestos a estudiar o a fingir.
Desorientados y confusos, nuestros estudiantes necesitan un hilo de Ariadna para entrar en el laberinto y salir airosos. Sabemos que no es así, porque muchos de ellos se dejan seducir por la nota o, siendo alta, aunque la voz inexorable hable siempre en silencio, quizá son disuadidos por unos u otros de seguir estudios presuntamente inferiores: Magisterio, por ejemplo, más prestigiado (y reducido) en otros países de la UE que en nuestro querido sur. Y de ahí, de unas profesiones mal elegidas, deriva luego nuestra proverbial improductividad. No hay otro hilo más luminoso que la voz de la conciencia, y conviene que el chico la escuche atentamente. El problema es antiguo y Bartolomé Leonardo de Argensola lo advirtió en un terceto en 1634: «Pues no hay suceso bueno semejante / al del librarse el hombre de un oficio / a sus inclinaciones repugnante».




