Córdoba

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De la alberca a la piscina

Durante años, las albercas para los riegos del campo fueron un excelente aliado para mitigar el calor del verano, convirtiéndose en el antecedente de las instalaciones públicas de la década de los 50

Día 08/08/2010
El legado de Al-Andalus dejó en la huerta cordobesa una huella imborrable que, con el tiempo, se convertiría en un excelente instrumento para combatir la calor: la alberca. Construida para almacenar el agua destinada a los riegos, durante siglos, estas instalaciones se han utilizado por la gente del campo para refrescarse. Conforme fueron perdiendo importancia por el avance de las infraestructuras y la modernización de los regadíos, las albercas ganaron peso como elemento de ocio, convirtiéndose en el antecesor directo de la piscina. Durante los meses de verano, los cordobeses se escapan por las tardes de la ciudad en busca de la parcela con la alberca llena de agua fresca.
El boom de estas infraescturas llegó a ser tal que, el primer antencedente de piscina pública que recuerdan los mayores de Córdoba, la de Los Mudos, era una alberca. Antonio Arjona recuerda que había que pagar para bañarse, «de gratis sólo teníamos el río», matiza. Se trataba de una acequia destinada para el regadío del campo, donde se bañaba la juventud del momento. Obviamente, ni tenía depuradora, ni escaleras ni socorristas que velasen por la seguridad del personal.
Luego llegarían las piscinas públicas con todos sus servicios y pensadas exclusivamente para el ocio. Se trataban de nuevas instalaciones que daban la puntilla mortal al uso accidental de la alberca como infraestructura acuática de diversión.
Fue en la década de los 50 cuando la ciudad cordobesa experimentó el boom de las piscinas municipales. Los abuelos de hoy, usuarios de aquellas instalaciones del ayer, recuerdan que la primera en abrir «fue la de Ciudad Jardín, que estaba en la calle Julio Pellicer». según recuerda Antonio García. Añade que luego llegarían la del Camping Municipal, el Fontanar, La Fuensanta, Parque Figueroa. el Zarco y Club Neptuno.
Otro de aquellos jóvenes recuerda el impacto que tuvieron estas instalaciones en la educación sexual de la época. «Íbamos a mirar a las nenas, que se ponían bañadores de cuerpo entero y con falditas, pero eso era lo más para nosotros», señala con cierta nostalgia en sus palabras.
Y es que, la moral siempre estuvo muy vigilada en las incipientes piscinas públicas. De hecho, en la del Zarco, había horas donde sólo iban las mujeres. Normalmente era por las tardes, cuando ya habían dado por finalizadas su labores domésticas.
Mucho peor fue la censura que había en los baños del río, los otros chapuzones del verano y que convivían con los de las albercas. Las normas a las que estaban obligados los bañistas, según se publicaban en los bandos municipales, establecían la forma en la que debían tomar los baños las mujeres en el río Guadalquivir para preservar su decoro y mantener la moral pública.
Para ello, las jóvenes de la época tenían que utilizar trajes de baño de cuerpo entero. Se cambiaban dentro de una caseta portátil de madera, que llevaban en volandas o arrastrando si tenía ruedas hasta el cauce del río, donde se refrescaban sin ser vistas.
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