Miércoles, 17-09-08
TRIBUNA ABIERTA
Siempre ha resultado incómoda, por imprecisa, una definición de mimo o de pantomima. En la construcción de cualquier concepto intervienen a un tiempo: mecanismos inconscientes de la memoria, estímulos a respuestas programadas, insatisfactorios tópicos recurrentes, incluso la persistencia de un imaginario colectivo de difícil sistematización que, -a fuerza de hurgarlo para racionalizar-, termina por volverse en contra de sus más incisivos analistas. El término pantomima tiene difícil concreción y en cuanto al concepto mimo, navegamos en aguas procelosas sobre si es teatro callejero, actuación sin palabras, escenificación improvisada, imitación de los sonidos de la naturaleza, -miméomai-, es fracaso merecido el pretender acercarse a un concepto de arte escénico sin palabras, a su significación y esencia, mediante el uso mismo de la palabra, máxime cuando como ahora, sólo la empleamos, en exclusiva, para acotar y explicar un teatro, sin palabras.
La pantomima existe, -en nuestra más recóndita imaginación-, provocada por la riqueza en la gestualidad del actor, cuando pleno de recursos expresivos, inunda las plateas, los palcos y plazas del más efímero de los artefactos escénicos: el teatro gestual. Imposible de contar, es inútil intentar trasmitir el entusiasmo, cuando alguien no estuvo en noche de intempestiva comunión. Andreizj Leparski admite la dificultad de esta frustrada conceptualización y recuerda la línea de continuidad, -a menudo violentamente truncada-, en esta búsqueda del trance hipnótico, que se pretende quebrante la sensibilidad íntima del espectador, que se adentre sin ambages en el terreno de lo extraordinario por inusual, ritual y mágico. El maestro polaco apunta que la pantomima «es un proceso: el de la creación y el de la percepción. La vemos cuando la sentimos en nuestro interior. Un sólo momento de distracción puede hacerla desaparecer, y no se deja reconstruir. No se deja fijar ni podemos registrar su existencia por medio de comunicación alguna».
Convencidos en la inutilidad de elaborar un constructo asumible sobre este relevante asunto les pido, encarecidamente, que no acepten, nunca, soluciones historicistas al uso, ni empaquetados de grageas culturalistas. Charles Hacks en su libro El Gesto infiere sobre la descripción de Plutarco, en lo que se pretende actuación clave es la historia de la pantomima: «El año 514 en Roma, Livi Andrónico, esclavo griego liberado gracias a su talento, intentó por primera vez una canción dramática escrita enteramente en verso que, después, representó él mismo asumiendo los papeles de poeta, músico y actor. Los romanos, fascinados por la belleza de la pieza, se la hicieron repetir tantas veces que perdió la voz y no pudo seguir hablando. Se le permitió entonces que una joven esclava, situada frente al flautista, cantara su poema mientras él hacía los gestos. La representación de Andrónico se volvió más viva y animada porque el actor se había liberado de la preocupación de la preocupación de declamar. El género ya estaba creado». De donde se deduce, incluso por logaritmos: que los empresarios teatrales romanos eran unos salvajes, que obligaban a los actores a ejecutar incontables representaciones diarias con tal de hacer caja, sin importarles que se les quedara mudo, para siempre, el protagonista de la función. Siendo a continuación reciclado este desecho actoral como interludio dramático de grandes aspavientos, con acompañamiento de narrador femenino y licencia expresa para sobreactuar a gusto. Estarán conmigo en que esta es explicación dramatúrgica muy deficiente, aunque quedamos muy reconocidos por el gesto humanitario de la manumisión de Livi Andrónico. Rechazamos pues, sin timidez ni retraimiento, el acta de nacimiento que nos aporta Plutarco, aun cuando fuera reputado miembro del colegio sacerdotal de Delfos. Bien pudo surgir el mimo mucho antes de la antigüedad romana, incluso aparecer al mismo tiempo, en muchos otros lugares y culturas el teatro gestual, mezcla de improvisación, acrobacia circense, imitación de animales, escenas crudas, a menudo obscenas, que llega en la práctica, casi a desaparecer con la Revolución Industrial, otro complicado constructo explicativo que, deben usted comprender, nunca ha existido en realidad tal revolución, es ese momento de gran preeminencia del romanticismo, de dictadura del naturalismo.
Enrique Herreras en Los gestos del teatro de vanguardia, advierte que el ámbito de la mímica ha ganado, durante muchos años, el afán de imitación: «hoy al mencionar la palabra Mimo aún nos viene la imagen de Bip, el famoso personaje inventado por Marcel Marceau. Por ello es muy valiosa la lucha encarnizada que lleva Jacques Lecoq, en su escuela, para romper con este desajuste y poder seguir el mito de la creación».
Puestos a obtener definición circunstancial, -más precisa por tangible-, les sugiero como variante explicativa temporal que en realidad M.I.M. es un acrónimo, y su significado es bien sencillo: «Mostra Internacional de MIM, a Sueca», que desde hoy y hasta el 21 de Septiembre alcanza la 19ª edición, -entre el campo y la ciudad-, en la calle y en el teatro, en cualquier rincón ameno de Sueca, que pronto dejará de ser ciudad arrocera, para ser la capital mundial del MIM.
Roberto
Lisart
Licenciado en Arte
Dramático, productor
teatral

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