Herminia Buceta Luna aguantó amenazas de Maximino Couto en su matrimonio. Cuando lo denunció, muchos no la creyeron. Hoy se lamenta: «Si mató a quien lo defendía, ¡qué haría con nosotros!»
«Es un demente. Primero, contra todo pronóstico, mata a su novia, cuando él decía que la quería muchísimo, y luego, pues pensaría ¡ahora que me la cargué a ella, qué más da, me llevo por delante a uno más, dos, cuatro o cinco... Era buena con él y la mató». Herminia Buceta Luna se casó siendo «mozuela» con Maximino Couto Durán. El enlace duró 22 largos años. Se resquebrajó cuando aquel albañil gallego y afable pasó de una copa de vino en la comida, a una masiva ingesta de alcohol.
«Si es capaz de matar a una persona que va a pedir que le dejen salir de la cárcel, sólo imagínate cómo vivíamos nosotros. Cuando empezó a beber se volvió agresivo. Había que hacer lo que él quisiera o ya estaba el lío armado. Todo lo que hacía yo estaba mal hecho, y me atacaba a mí y a mis hijos cuando me defendían. Ingresó en el penal por un lío que hubo en casa. Llamamos a la Policía, y agredió delante de los agentes a mi hija mayor, y a mí me escupió», cuenta a ABC la ex mujer del sanguinario recluso.
Ella intenta arrojar luz a la negra jornada del sábado. «Me imagino que iría a la casa que compartía con su pareja, donde cogió un cuchillo, y le diría qué iba a hacer con él. Entonces ella, que tendría un poco más de cabeza, trataría de frenarlo, y obcecado como estaría, ¡digo yo!, la borró del mapa para cumplir así sus planes». Durante un año, tras la separación legal hace trece y antes del ingreso en prisión, la que fuera esposa del reo aguantó que se convirtiese en su impertinente vecino de abajo.
La casa, que él levantó, valiéndose de su oficio, tiene dos plantas y un ático. En el primer piso vivió durante doce meses, antes del traslado a Tourón, Maximino con su novia Rosario. En el segundo, Herminia con uno de sus cuatro hijos. «Hacía cosas para molestar, como poner la radio alta», dice Herminia. De la víctima, recuerda que «siempre le daba la razón a este hombre en todo, lo que él decía iba a misa; y ella a veces se metía donde no debía... a una de mis hijas intentó tirarla por las escaleras», apunta. Maximino le «recompensó» al final ese apoyo incondicional matándola.
María del Rosario Peso André lo recogió el pasado jueves en el presidio donde lo visitaba en cada comunicación autorizada. La Junta de Tratamiento otorgó a este maltratador reincidente un permiso que vencía tres días más tarde, justo a la hora en la que se desencadenó la orgía de sangre. Maximino Couto cogió a su novia, le tapó la boca con sus ropas y, al parecer, la golpeó insistentemente en la cabeza. No pereció al instante. Le dio tiempo a moverse todavía un poco.
Su verdugo, ataviado con una bata de casa, un pico de obra y un cuchillo, dejó atrás Tourón y tomó rumbo al que fue su hogar conyugal. En Mourente, su barrio natal, donde residen sus dos hermanas y algunos primos suyos, se paró en la casa de José Piñeiro Portela y Concepción. Los apuñaló, y están graves. «Ellos me comentaron en su día que les había enviado una carta desde A Lama diciéndoles barbaridades; supongo que fue a por los dos porque eran conocedores de nuestros problemas y sabía que se llevaban muy bien con nosotros», cuenta Herminia.
«Me costó que me creyesen»
Su zozobra está justificada. El matrimonio la entendió cuando acusó a su marido de maltrato y amenazas. «No así muchos otros que viven aquí, y que pensaban que la culpa era nuestra, que le pegábamos a él; incluso hubo gente que recogió firmas para que lo dejasen libre», recuerda, con el paso del tiempo, que siempre hace justicia. «Una hermana suya me llamó y me dijo que suerte había tenido por no estar en casa ese día; ya que yo me encontraba en una matanza en Portas, de donde soy originaria», relata.
Sabía que no estaba entre rejas, pero pensaba que con la pulsera GPS estaba a salvo. «Y luego, parece que no funcionó, como para fiarse... Menos mal que no estaba aquí, ni yo, ni los hijos, ni mi nieta de ocho meses, ¡mi princesa!. Porque él entró, derribó la puerta y buscó debajo de las camas para ver si nos escondíamos». No había nadie. Pero sí en la buhardilla, alquilada por Maximino Couto a una familia de rumanos. Cuatro niñas, un bebé y tres mujeres adultas estaban en el altillo. Vieron a su casero ensangrentado y pasaron muchísimo pánico.
Entonces llegaron los agentes, tras recibir la alerta. El agresor, que robó cuatro cuchillos de grandes dimensiones en casa de su ex mujer, hirió con uno a un policía nacional en un brazo, ya esposado intentó agredir a otro y en el coche patrulla trató de causar destrozos. Admitió su crimen y, con asombro, se comprobó que no era un engaño. «Estoy cabreada, no sé que «buena conducta» han visto en alguien así para dejarlo salir, más cuando se sabía que nos quería matar, lleva años diciéndolo, dentro y fuera de la prisión». Es el grito desesperado de quien ha visto que respira por un golpe de suerte.
