Tras el dramático percance que lo ha dejado en una silla de ruedas, Adrián Gómez desvela su sueño: «Abrazar a mi hijo y a mi mujer». Y muestra su agradecimiento a las figuras que participan en el festival de Vistalegre, al que ABC se ha sumado como entidad colaboradora

JAIME GARCÍA Adrián Gómez y su mujer, Sandra, observan cómo su hijo, de dos años y medio, juega con un cuento, ayer, en su casa de Madrid
Domingo, 01-02-09
Entre las nubes cárdenas de la mañana, las manecillas del sol comienzan a resplandecer. Entre el miedo que late en el corazón, un fulgor de esperanza irradia el rostro de Adrián Gómez. Ha amanecido en casa, junto a su mujer y su hijo. Este fin de semana ha podido abandonar el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo, adonde un toro lo envió el pasado 23 de junio tras sufrir una dramática voltereta. El parte de guerra era estremecedor: tetraplejia. Su pasión lo ha postrado en una silla de ruedas. Pero su espíritu de sacrificio y su esfuerzo le están ayudando a mirar el futuro con un prisma albahaca, como los ojos de su hijo, al que observa emocionado. «Por mi niño y por mi mujer merece la pena seguir adelante», dice.
Sandra, su compañera inseparable, no puede esconder sus lágrimas, que se torna por momentos sonrisa sthendaliana. Gotas marítimas de amor. Adrián Gómez se siente afortunado por la familia y los amigos que lo arropan. Y especialmente ilusionado se muestra con el festival de lujo que El Fundi le ha organizado y que se presentará el próximo 5 de febrero en Vistalegre: «Todas las palabras de agradecimiento se quedan cortas. José Pedro es un fuera de serie. Que las figuras vengan a este festival es un orgullo muy grande. Y doy las gracias a ABC, por su colaboración y por ser el periódico que más se preocupa por nuestra Fiesta». ABC se ha sumado también a la solidaridad del planeta del toro como entidad colaboradora. «Este mundo es muy solidario -subraya el banderillero-. La fila Cero (0030 8168 64 0000156271) que la Unión de Banderilleros y Picadores ha creado está funcionando de forma impresionante. Y tampoco olvido el enorme detalle económico de José Tomás».
Adrián hace una pausa. Su mente retorna al pasado. Habla con temple, despacioso, como los toreros buenos. Y le brota la sensibilidad del artista, la del hombre. Después de múltiples batallas, había encontrado un sitio en la cuadrilla de El Fundi. «Tantos años de sufrimiento y ahora que empezaban las cosas a rodar bien, me ocurre esto...»
«Aquí no hay mentira»
Los recuerdos se agolpan; al fondo se vislumbra la imagen de Julio Robles. Nostalgias de otros tiempos. A veces desvanece, pero enseguida se crece. Es torero bravo, acostumbrado a pelear contra las adversidades. Confiesa que pasa miedo, pero está acostumbrado a convivir con él: en la soledad de la habitación del hotel, en el patio de cuadrillas, frente al toro. Recuerda a la perfección aquella trágica tarde del 23 de junio: «Salía de un par de banderillas, estaba saltando al callejón y, zas, el pitón me echó mano. Nada más caer, me dije: «éste me ha roto». Cuando entré en la ambulancia, sabía que el toro me había hecho daño, porque no movía nada. Fue un momento muy duro». Es la crudeza de la Fiesta, la verdad de un ruedo sin teatro: «Somos casi héroes. Aquí no hay mentira ni enemigo pequeño. De hecho, yo venía de torear corridones de toros en Francia y fue un novillo el que me dejó así».
Cuenta que los médicos del Hospital de Parapléjicos de Toledo están asombrados con su capacidad de recuperación, donde se somete a una intensa rehabilitación: «Hacemos gimnasia por la mañana y electroestimulaciones por la tarde».
Confía en que el Palacio Vistalegre se llene. La causa merece por sí sola que los tendidos se engalanen rebosantes de gentío. Y el cartel es de supremo relumbrón: el rejoneador Diego Ventura, Joselito, El Fundi, Enrique Ponce, El Juli, Morante de la Puebla y el novillero Christian Escribano. A Adrián le encanta el escenario: «Me crié enfrente de la plaza. Me apunté a la Escuela, con Fundi, Joselito, Bote... Unos eran más aplicados que otros; yo era más revolera», comenta.
A veces, cuando la luz se apaga, las noches se tornan demasiado zainas para Adrián Gómez: «Todavía lo paso mal. El ánimo flojea. Aquí pasamos miedo todos, desde el más al menos valiente, desde el más al menos artista. No somos de piedra». Su dolor se refleja como los cuadros de Bacon en el Prado, pero también el coraje del guerrero que bombea en su interior. Y un sueño palpita con especial intensidad: «Mi reto más bonito es recuperar la movilidad de los brazos. Quiero abrazar a mi hijo y a mi mujer». El 1 de marzo Adrián Gómez recibirá el abrazo de todo el toreo.
