Es doctor en Filosofía y Letras, catedrático de Metafísica y autor de numerosas publicaciones. Toda su biografía está vinculada al mundo universitario, donde ha desempeñado cargos de gobierno. Nacido en San Sebastián en 1949, Ángel Gabilondo es uno de los contadísimos rectores que han llegado a ser ministros de Educación.
Rector de la Universidad Autónoma de Madrid -entre las más relevantes de España- desde 2002 y presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE) desde 2007, accede al Ministerio en un momento difícil generado por el Plan de Bolonia.
El proceso ha derivado en un camino tortuoso, que España está completando con un notable retraso, en relación con el resto de los 45 países inmersos en esta «aventura» por lograr una universidad sin fronteras, en la que se formen profesionales capaces de moverse sin trabas por toda Europa.
No oculta sus convicciones
La llegada de Ángel Gabilondo, un hombre de izquierdas idológicamente próximo al Gobierno socialista, que no oculta sus convicciones, y al que se le atribuyen excelentes relaciones con el poder, constituye para la gran mayoría del mundo educativo la enmienda a un error de Rodríguez Zapatero, que desgajó Universidades de Educación para adscribirla con rango de Secretaría de Estado a Ciencia e Innovación.
De hecho, el nuevo ministro, partidario siempre de dar el mayor rango ministerial a la Universidad, nunca vio con buenos ojos esa ruptura y alertó de los riesgos que encerraba para el sistema educativo, por entender que rompía los necesarios puentes que deben existir entre la formación no universitaria y la universitaria. Eso sí, sus críticas fueron siempre moderadas y abiertas a soluciones.
Monstruoso engranaje
Al comienzo del segundo mandato socialista, su nombre apareció entre otros como posible responsable de un Departamento en cuya denominación apareciera Universidades, aunque públicamente jamás se postuló para el puesto. Pero los hechos discurrieron por otra vía y no sólo no se creó el ansiado Ministerio sino que Universidades se quedó en una Secretaría de Estado adscrita a un monstruoso engranaje y fuera de un hábitat que le había sido natural, salvo en casos muy excepcionales y efímeros.
El nuevo ministro, de verbo fácil, cargado de citas filosóficas y de metáforas más o menos intencionadas, y de pausados modales, ha defendido siempre el Plan de Bolonia pero ha hablado de falta de diálogo y de la necesidad de contar con los alumnos en un tarea de esas dimensiones.

