LA meteorología se ha apuntado al alta competición. No hay temporada en la que no se bata un récord: es raro el verano en el que los especialistas no hablen de un canícula más abrasadora que la del estío anterior ni invierno en el que el frío haga tiritar más a los ciudadanos. Este año está siendo pródigo en marcas climatológicas. Los sustos empezaron pronto, justo cuando los niños se apresuraban a sacar a la calle las bicicletas que le habían echado los Reyes Magos. Porque fue el 7 de enero, primer domingo de 2010, cuando, poco después del mediodía, el cielo dejó caer los primeros copos de nieve en la capital y en varias localidades de la provincia. El manto blanco cubría ya en la sobremesa numerosas poblaciones, dibujando escenas propias de las Navidades de otras latitudes. Fue ésa la mayor nevada en décadas, al menos en la cabecera de la provincia.
La naturaleza no tardó en dar más trabajo a los centros meteorológicos locales. El de la capital echó chispas a finales de febrero: la persistencia de la lluvia ahogó, y en sentido literal, a más de doscientas casas, la mayor parte en situación irregular, situadas a los pies del Guadalquivir. Aunque no hubo que lamentar daños personales la tragedia estuvo cerca y quedó en evidencia la laxitud del gobierno municipal —no sólo del que está en el poder, sino también de los precedentes— en relación con la construcción de viviendas en las zonas inundables. La trifulca política no tardó en estallar entre IU y PP a cuenta de las responsabilidades sobre lo ocurrido: la lluvia es impredecible, sí, pero algo tendrá que decir el Ayuntamiento cuando permite que se edifique en terrenos limítrofes con el río.
Esta semana, con la tromba que ha dejado tres víctimas mortales en Aguilar de la Frontera y en Bujalance, tampoco ha escapado al rifirrafe partidista. PP y PSOE se han acusado mutuamente de aprovechar el destrozo causado por las precipitaciones con ánimo electoral. Mientras los populares demandan más medios para evitar que las tormentas pongan en riesgo a las poblaciones, los socialistas —la Junta— se han enrocado en el argumento de que cualquier medio es insuficiente para luchar contra un fenómeno natural de estas dimensiones.
La Administración autonómica tiene razón, al menos, en una cosa: en que la tromba no tiene precedente alguno en la geografía próxima. La Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) lo ha dejado claro en el informe que ha emitido esta semana a consecuencia de lo ocurrido: «Las precipitaciones registradas en Aguilar el pasado 16 de agosto fueron realmente extraordinarias. Una medida de lo inusual de estas precipitaciones es que desde 1971 nunca se había registrado en la provincia una acumulación de precipitación superior a los 200 milímetros en un sólo día, como ocurrió en la citada localidad».
Por establecer una comparación elocuente: las inundaciones del pasado invierno en la capital se debieron a la crecida del río después de cerca de tres meses de lluvias inusuales, que sumaron 800 litros por metro cuadrado. En Aguilar, y sólo en dos días, han caído esta semana 660 litros, una cantidad equivalente a un año agrícola. En Bujalance se superaron los 135 litros también en 48 horas. Nada que ver con las precipitaciones de octubre de 2007 y de agosto de 2009 en la Campiña y en la Subbética, que aunque causaron estragos apenas rozaron los 80 litros por metro cuadrado. Esta vez, la tormenta no ha tenido piedad.




