La vida junto al Guadalquivir va muy deprisa, a un paso mucho más urgente y apremiante que el ritmo cansino y paquidérmico de las Administraciones. La vida junto al río, el mismo que un mal día de invierno quiso salirse de los límites que le habían creado y bañar la vega con toda el agua que le habían hecho soltar casi de golpe, no entiende de trámites ni de recursos, no sabe de informes técnicos ni valoraciones periciales, pero sí que llama con mano nerviosa arreciando necesidades, arrojando a la cara los muebles destrozados, las cocinas inservibles que hay que cambiar para poder seguir el curso de los días.
La vida junto al Guadalquivir ya casi nunca es noticia, ahora que el lodo y el agua se fueron y dejaron el rastro de destrucción, pero en los ribazos y el asfalto que el sol asesino de agosto secó, las sombras de la riada de febrero siguen a la vista en muchas casas, aquellas donde siempre llegará mucho menos dinero del que hace falta para seguir adelante.
En Fontanar de Quintos hay algunas reconstruidas gracias a los seguros, que ésos sí se cobraron en tiempo y forma, pero no es lo mayoritario. Ni mucho menos. Los dueños de unas 300 viviendas las reconstruyen con mucho esfuerzo, entre ellos aquella en la que habitan Juan Luis Palenzuela y Marisol Muñoz con sus dos hijas. «Hace mucho tiempo que la prensa no viene por aquí, desde que pasó aquello. Parece que ya no interesa», dice ella, pero después muestran los daños que el desbordado Guadalquivir dejó en su casa y que todavía aguardan el momento de volver a su ser: las puertas pujadas por el agua, los muebles inservibles apilados en el exterior, las paredes desconchadas y afectadas por la humedad.
Los técnicos de la Gerencia Municipal de Urbanismo visitaron todas las casas afectadas por la riada. No fue el suyo un trabajo de rutina, admiten los vecinos, que recuerdan que tomaron muchas fotografías y se informaron de todo para después pasar la información al Gobierno, que es quien gestiona unas ayudas que llegan tarde, mal y escasas, según relatan.
Lo único que no pudo esperar fue la cocina, que Marisol Muñoz encargó nueva para seguir con su vida con cierta normalidad y que está pagando a plazos, con bastante esfuerzo. El resto sigue pendiente de unas ayudas que llegan sin avisar antes de su cuantía. «La mayoría de las que dan por aquí no llegan a los 2.500 que euros que, como mínimo había previsto el Gobierno. A algunas familias, a las pocas que ya lo han recibido, les dan sólo 1.200», cuentan.
Mientras muestra los muebles sin cajones que sólo se pueden aprovechar ya para poner cosas encima, Marisol Muñoz explica lo que espera de las Administraciones. «Yo no quiero que el Gobierno me monte la casa otra vez, sino que den lo que prometieron», se queja. El tiempo y el mucho esfuerzo han limpiado de lodo los jardines, aunque todavían quedan restos, pero el interior de las casas es más duro, como si no hubieran pasado seis meses. Los 1.200 euros que está entregando el Gobierno como ayudas, y que llegan siempre sin previo aviso no satisfacen a los vecinos, pero, por otro lado, la vía de recurrir tampoco soluciona mucho. «¿Cómo vamos a esperar otros seis meses para cobrar las ayudas?», dicen temiendo la misma lenta respuesta de las Administraciones.
Unos metros más abajo, en la vivienda de María José Pintor la normalidad lucha por abrirse camino. Las puertas todavían tienen la marca del agua, que llegó a los 70 centímetros. Los pintores empiezan a tapar en las paredes los signos de humedad y una costosa obra limpieza el pozo de drenaje que quedó tapado por el lodo. La arboleda que creció en la ribera fértil se yergue como paisaje de fondo y sugiere la presencia, ahora apaciguada, del mismo Guadalquivir que había convertido aquellas calles en un lago.
Señalando culpables
La normalidad se abre paso, pero entre los vecinos no hay voluntad de cejar en el empeño de que les compensen por lo que pasó. «Hemos hablado con el Ayuntamiento y con la oposición, pero ahora en agosto muchos están de vacaciones. Y nosotros no hemos podido irnos», cuentan, mientras señalan las casas de su alrededor y hablan de los problemas de las parcelaciones de La Altea, donde muchos vecinos ni siquiera han podido regresar a sus casas.
Los protagonistas, a su pesar, de aquella riada, no se sienten víctimas de un infortunio fatal ni de la acumulación de lluvias del invierno pasado. Señalan a los responsables de forma directa: la Agencia Andaluza del Agua. Juan Luis Palenzuela así lo cree al hablar de una mala planificación en la gestión del desembalse, que se podría haber comenzado a realizar antes. Con ello, el volumen de agua que atravesaba el Guadalquivir no habría sido tan alta.
El agua se fue de las parcelas del río, pero no la voluntad de sus vecinos de pelear por las ayudas y la colaboración prometida, y prometen más noticias para los próximos meses. Aunque ya no haya inundaciones.




