JUAN QUINTANA
Desde hace décadas existe una gran concienciación por parte de los agricultores, de la industria de fitosanitarios y de la propia sociedad, sobre la importancia de aplicar tecnologías que sean lo más compatible posible con el medio.
En este modelo moderno, tecnológico y sostenible se han dado pasos muy significativos en cuanto al uso de fitosanitarios, también llamadas medicinas para plantas. Se han impuesto fuertes exigencias en la formación de los agricultores para poder aplicarlos, normas de seguridad y control para el aplicador y al entorno, sistema de retirada y reciclado de envases o reducción de las moléculas autorizadas.
En los últimos cinco años la aplicación de productos fitosanitarios ha ido descendiendo. De las 96.359 toneladas aplicadas en toda España en 2005 se pasó en 2009 a 84.425 toneladas con un valor de 600,8 millones de euros, lo que representa una caída de más del 12 por ciento en volumen. Este descenso se acentuó en el pasado año.
En Andalucía, en 2009 se aplicaron 27.288 toneladas, el 12 por ciento en Córdoba, con un valor de 182 millones de euros.
En cuanto a su valor unitario, mientras que la media nacional se sitúa en 7,1 euros por kilo, en esta región baja hasta los 6,7.
La justificación de la bajada en el uso de fitosanitarios se debe a varios factores. Por un lado la reducción del tejido agrícola nacional, lo que ha reducido la demanda.
En segundo lugar, por la fuerte crisis económica extendida a todos los sectores, que ha llevado a reducir el número de tratamientos a costa de asumir más riesgos por parte de los agricultores.
Otro factor, todavía poco representativo en este cambio de tendencias, pero sin duda más que sintomático, es el esfuerzo que tanto industria como agricultores están realizando para el desarrollo de la lucha biológica contra plagas.




