Desde la atalaya privilegiada de la casilla donde vive con su familia en la zona de Salmonera baja, en las proximidades de Cuesta Blanca, Gabriel Luque Espejo sólo ve un paisaje marchito donde ya no están plantadas aquellas frondosas vides que años atrás saturaban esa rica zona de la sierra montillana. «Sólo en mi entorno ya han arrancado dos o tres hectáreas, todas de viñas tradicionales en vaso, con un alto rendimiento y mucha graduación», confesó con cierta tristeza aunque para justificar, a renglón seguido, «pero es que están muy mal pagadas. Yo creo que al precio que dan por las uvas no se puede mantener el cultivo y, como se descuiden, se quedan sin viñas porque tiene muchos gastos y el precio es un desastre».
Como botón de muestra, señaló que «una fanega puede llevarse 500 euros largos en costes y de la uva casi coges lo mismo, y es lo comido por lo servido. Pero nosotros las conservamos porque pones olivos y tienen el mismo problema, hasta que empiezan a echar aceitunas tardan de 6 a 7 años». Gabriel Luque posee 3,5 fanegas con un aceptable rendimiento de hasta 6.000 kilos por fanega, pero su hondo apego a ese minúsculo patrimonio que heredó de su padre es más fuerte que la posible debilidad que pudiese sentir por desprenderse de él.
De hecho, en el desolador desierto que le rodea se ha hecho de su particular oasis: aún conserva 500 cepas con más de cien años de antigüedad. «Yo creo que las cepas más viejas que hay ahora mismo en la sierra es este pedacito. Las iba a sacar, pero las conservo por cariño porque viene heredado de mi padre».
Posiciones enfrentadas
Es la gran paradoja a la que en la actualidad se enfrenta la zona de calidad de la Denominación de Origen Montilla-Moriles, atenazada entre quienes defienden contra viento y marea un patrimonio ancestral y quienes ya se han ido desprendiendo de él en los últimos años. «Yo pediría que estas viñas de la sierra tuvieran algo de subvención, pues luego el vino se queda con 15,5 grados de forma natural, y sería una lástima que se perdieran».
De igual modo opinaba Antonio Roldán, a quien se conoce popularmente por el apodo de El Perchi: «En la sierra pueden haberse arrancado ya 500 hectáreas, una barbaridad. Yo puedo hablarlo por la zona que me rodea donde, en tres ó cuatro años, se han podido perder unas 50 fanegas».
Hizo un ejercicio de memoria: «En la Casilla Porras, entre 26 ó 27 fanegas; de parte de “Cañá” la Zaya a “Cañá” los Francia, al menos otras 20 fanegas, por no hablar de Pozo de La Llave, donde parte tenía mi abuelo y es una zona buenísima, con viñas capaces de dar de 12 a 14.000 kilos por fanega». Luego añadió, tajante, «esto es un crimen, pero es que no las pueden llevar y creo que debería de haber ayudas para que, al menos, el viñedo de esta zona se conserve, porque alguien que plante 10 fanegas de olivar y se tire diez años para que le eche 50 kilos, no vale la pena. Las bodegas deberían abrir algo más el abanico de los precios».
Su familia regenta el Molino del Toro, en Cuesta Blanca, un lagar emblemático por sus vides donde llevan haciendo caldos de calidad desde hace más de cuarenta años.
También, Antonio Espejo César, quien durante una veintena de años fue aperador de unas 16 fanegas en el Puntal, junto a San Cristóbal, calculó en más de 500 las hectáreas de vides arrancadas en la sierra, lo que supondría por encima de un cuarto del total de las cepas eliminadas desde 2005 y, en especial, desde la entrada en vigor de los incentivos al abandono del cultivo de la última OCM del Vino.
Antonio Espejo siguió relatando que la zona de Ruedos, «sólo en la parte que conozco de San Cristóbal habría 200 fanegas de viñas que ya están puestas de olivos; por no hablar de la parte de Panchía, donde pasó poco más o menos igual».
Espejo, conocido por el apodo de El terciano, subrayó asimismo que el cultivo de la vid «es realmente muy costoso, de ahí que se hayan puesto muchos olivos, porque están subvencionados», e insistió en que a este problema debe unírsele el que «el precio de la uva es prácticamente el mismo desde hace muchos años, aunque ahora lo mejor es que la compran por su rendimiento en grados y antes era por kilos. Con todo, el año pasado los precios en las cooperativas oscilaron entre los 0,30 y 0,27 euros, según rendimiento, lo que tampoco es mucho».
Antonio Ramírez precisó que en la parte de Tintín «ya no quedan viñas. En tres años hemos arrancado 15 fanegas, entre las mías y de mi familia, pero en un kilómetro cuadrado se han perdido ya 30 fanegas, al menos, de dos a tres años a esta parte. Aquí, en la zona de Ruedos, antes era todo viñas y ahora no hay más que olivos».
Ramírez sentenció: «Yo creo que el buen agricultor lo que quiere es precios. Los que buscan sacarle a la tierra todo su fruto no quieren subvención, porque ahora mismo te quitan las ayudas y ya te hunden del todo».




