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«Hoy día somos mucho más vulnerables»

Un buen día dijo adiós a una confortable vida de ingeniero agrícola y se metió hasta el cuello en un lío monumental. Aquí tienen la historia de un hombre que lo dejó todo por ayudar a los demás

Día 19/09/2010
RAFAEL CARMONA
Alfonso Fernández Zamorano, el pasado jueves junto a la iglesia de San Nicolás.
Entrevista
Alfonso Fernández Zamorano
Director de Emet Arco Iris
Alfonso Fernández Zamorano dice que para tratar con toxicómanos hay que reunir tres requisitos: la ternura de una madre, la seguridad de un pedagogo y la malicia de un carcelero. Después de 27 años dirigiendo un centro de drogodependientes, este señor con aspecto de bibliotecario parece reunir sobradamente las tres condiciones. La primera prueba le llegó pronto. En 1983. Uno de los jóvenes se escapó del recién inaugurado hogar terapéutico, se fue al Sector Sur, robó 20.000 pesetas, unas cuantas botellas de güisqui y un radiocasete. Y se presentó en el centro dispuesto a continuar la fiesta. Pero mientras el resto de monitores mostraron una actitud más indulgente, Fernández Zamorano lo echó a la calle sin contemplaciones. «Al principio todo era buena fe y malicia indígena mía», subraya socarronamente. «Si lo dejamos entrar, nos come».
—¿Qué ve cuando ve a un yonqui?
—A una persona débil que necesita ayuda. Y veo mis propias debilidades. Lo que ocurre es que las mías no son tan visibles y las suyas sí.
No quiso Alfonso Fernández Zamorano (Puente Genil, 1946) someterse sin más a un cuestionario frente a una taza de café. «A las cuatro y media lo recojo que quiero que vea algo», dijo al otro lado del teléfono. A las cuatro y media de la tarde, abrió la puerta de su coche y enfilamos hacia Benamejí. En hora y media de trayecto, pudimos contemplar a un hombre que abandonó la dirección de una rentable explotación agraria para meterse en medio de un charco. Un enorme charco que dura ya casi treinta años. ¿Usted nos dirá cómo se toma una decisión como ésta? «La mía es una opción derivada de mi fe cristiana», subraya sin preámbulos.
Desde el primer momento sorprende su familiaridad con el submundo de las toxicomanías. Sin juicios preconcebidos ni tabúes al uso. En su discurso fluye con absoluta naturalidad un universo de «yonquis talegueros», «enganches» y «picos de caballo» que forma parte ya de su vida. No en vano, ha sido un pionero en las estrategias de rehabilitación. Junto con Pedro Muñoz, fundó en 1983 el primer centro terapéutico de Andalucía que daba respuesta a una avalancha incontenible de toxicómanos. «Aquellos eran otros tiempos. Llegaba gente muy joven y muy castigada. Pero los yonquis tenían la nobleza del marginado. He vivido miles de historias y he visto a muchos chavales morir», asegura mientras conduce rumbo a Vado de los Bueyes, uno de los seis centros terapéuticos que dirige, entre unidades de toxicómanos y de menores.
—¿De qué huye un toxicómano?
—De sí mismo. De su realidad. La droga borra, la droga tapa, la droga anula. Pero haber sido tan sensibles al placer, los hace sensibles al dolor. Y eso los marca para siempre.
—¿Es esta debilidad extrema un signo de los tiempos?
—Sí. Somos más débiles. Lo que distingue a un toxicómano es justamente eso: que quieren conseguir todo sin esfuerzo. Si se fija en la publicidad, lo verá con claridad: «Hoy mismo en su casa y sin compromiso. Lo quieres, te lo llevas».
—Somos más vulnerables.
—Mucho más. Echo de menos una educación austera. No espartana, pero sí austera. Donde prime el valor del esfuerzo. Donde haya que esperar para obtener la recompensa.
—¿Qué nos enseña el sacrificio?
—A vivir y a dilatar el placer, que no siempre llega cuando lo queremos. Ésa es la clave. Si un yonqui tiene diez «papelas» se las mete hoy. Él no tiene mañana. Tiene presente.
Por Arco Iris han pasado más de 4.000 historias clínicas y hoy es una prestigiosa ONG que emplea a 60 profesionales y maneja un presupuesto anual de dos millones de euros. Aún así, su director no juega a abrir falsas expectativas. «Ésta es una enfermedad crónica. Sólo un 10 por ciento mantiene su abstinencia de forma indefinida. La rehabilitación consiste en ayudarlos a normalizar sus hábitos; que puedan tener familia y trabajo», matiza.
Por ese lado, no exterioriza ni un ápice de desasosiego. Simplemente, cuenta con un previsible ciclo de recaídas que forma parte esencial de la biografía de cualquier joven drogodependiente. Levantar este edificio no ha sido fácil para este hombre que dejó todo por ayudar a los demás. Pero su determinación le ha abierto puertas que parecían infranqueables. Entonces, nos detalla increíbles anécdotas de directores de bancos, de marqueses y de sorprendentes herencias que de pronto caen en su mano como por arte de magia.
—¿Hay mucha gente que done dinero de forma altruista?
—Hombre, a muchos los tengo ya «quemaíllos».
Detrás de una curva, aparece al fondo del valle el cortijo del Vado de los Bueyes. Detiene el vehículo y nos invita a descender. Sobre el profundo silencio, se escucha una voz adolescente gritar: «¡Abuelo!». Algunos de los menores que residen en el centro anexo al de toxicómanos los ha reconocido desde el patio. «Los chavales me llaman “abuelo” porque soy el mayor de todo el equipo. Son unos chicos estupendos y si los tratas con afecto te lo devuelven con creces», indica. En efecto. Nada más entrar en el patio, tres o cuatro chavales de no más de catorce años se abalanzan sobre Alfonso Fernández Zamorano y lo acribillan con gestos afectuosos. Primero recorremos las dependencias del centro de menores. Verdaderamente impecables. Luego, nos adentramos en el recinto de drogodependientes.
—¿En qué clase de mundo vivimos?
—En un mundo en que hemos invertido los valores. Todo va orientado al ocio y al placer. Queremos una recompensa rápida y fácil.
—¿De qué anda más falto el ser humano: de razón o de emoción?
—Nos estamos dejando ganar por la emoción. Y hay que poner un poquito de razón.
—¿Y de qué está enferma la humanidad?
—De placer. Sin duda.
—Después de 30 años sumergido en este mundo, lo suyo qué es: ¿masoquismo o terquedad?
—Coherencia.
—¿Hay coherencias que duran 30 años?
—Espero que la mía dure más.
—¿Le ha tentado tirar la toalla?
—No. Mientras haya alguien que me diga «dame», yo le diré «toma».
—¿Hay espacio para la esperanza?
—Todo. ¿Qué pinto yo aquí si no?
—Los indicadores de rehabilitación no invitan al optimismo, precisamente.
—La rehabilitación es ponerme a su lado. Decirles: «Úsame, si me necesitas». No es tirar de nadie. No da resultado tirar. Ni siquiera ir un paso por delante.
—¿Esto es lo más generoso que se puede hacer por un ser humano?
—Estar disponible.
—De actitudes como ésta estamos muy escasos, ¿no?
—Tenemos una disponibilidad racionada, que hay que admitir. Lo mío es una opción radical. A veces me ha costado encajar opciones no tan radicales. Pero he comprendido que tan importante es dar dos horas como quien da veintiséis. No soy yo quien le pondrá la medida.
—¿Qué aprendió de la vida?
—Que merece la pena vivirla. Y que agradezco a mis padres la fe cristiana que me dieron.
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