Córdoba

Córdoba / TRIBUNA LIBRE

LOS ENTES DE LA CRISIS

Día 22/09/2010
LA crisis económica, negada primero con ignorancia y luego quizá por aquello de sostenella y no emendalla, se impuso con firmeza de 2008 en adelante y todos los días comprobamos lo ciegos que están los dirigentes que se eligieron; ciegos y sordos para atender a las señales de la situación económica, a la navegación de un barco que hacía agua sin saber cómo. Tuvieron que llamarnos al orden desde fuera, como si dentro no hubiera voces con autoridad y visión de las cosas. Ha sido ceguera contumaz, o como la sordera voluntaria de esos jóvenes que se dañan el oído con aparejos brutales. Y ahora toca recortar gastos y eliminar entes que se han multiplicado sin necesidad con riesgo grave para todos. El Gobierno de la nación a través de los Presupuestos Generales del Estado y la Junta de Andalucía en el ámbito de sus competencias, han de eliminar entes innecesarios. Ya hay comunidades autónomas que están sugiriendo la devolución de competencias a Madrid. Sobran entes públicos.
Los economistas distinguen entre gastos productivos —los que causarán empleo y aumentarán la competitividad, así la educación, que es la inversión más rentable— y otros que son desde luego duplicidades absurdas, cuando no triplicidades costosísimas, y el lector sabrá ejemplificar y comprender por qué pasa lo que pasa, por qué nuestro absentismo incomparable. «Quien tiene un criado tiene un criado (siempre el maestro Correas), quien tiene dos tiene medio, quien tiene tres no tiene ninguno». Es la sabiduría tradicional, que no ignora Simmel al reflexionar sobre la cantidad en su Sociología de 1908. Ahora bien: cuando los criados se cuentan por docenas y funcionarios cualesquiera se repiten sin fundamento; en la universidad, cuando las asignaturas se superponen y los grupos y las horas se bifurcan y se trifurcan y todos tan conformes, ¿cuántos servidores del Estado pueden servir en efecto y qué aprenden en realidad nuestros agobiados estudiantes? Al exhortar en clase a la lectura de periódicos, una alumna susurró con inocencia: «Un periódico no se puede leer». Todos quedamos estupefactos, y como las palabras suelen entenderse al pie de la letra, le retruqué: «¿Usted quiere decir entero?»
Eso es lo que hay: multiplicidad de entes superfluos que han crecido hasta ahogarnos. En algunas facultades universitarias, como también en la enseñanza secundaria, un exceso de horas garantiza una educación de furgón de cola en la Unión Europea, porque la cantidad suele estar reñida con la calidad y mientras no sepamos ahorrar entes, mientras no logremos «adelgazar» (verbo de moda, pero mucha gente engorda porque come de más por contagio o por aburrimiento), mientras no adelgacemos nuestras cosas, no saldremos del atolladero. Se mire donde se mire, tropezamos con la desmesura. «No puede ser que España tenga el triple de viviendas en propiedad que Alemania. Es una rareza intolerable. Hay que tener vivienda libre en alquiler», afirma Javier Díaz-Giménez, profesor de Economía. O que la FP española signifique un joven por cada estudiante universitario, y en la UE tres. La última noticia es que nuestro paro juvenil duplica el europeo y triplica el mundial.
Acá no solemos hacer caso del venerable Guillermo de Occam, franciscano de Oxford, cuyo principio de economía que ordena no multiplicar los entes sin necesidad es famoso en latín hacia 1320: Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem. Aquí, junto a los dos apellidos, que con el presidente Griñán a la cabeza invitan a usar el familiar nombre de pila; junto a la doble fila de coches y de veladores que están pariendo en las aceras y no nos dejan andar nuestro camino; junto al pluriempleo y las habituales horas extras, ya no nos asombra la doble fila de platos en la barra del café, que con la televisión y el brutal hilo musical de fondo ponen al cliente en el sitio de los pollos o las vacas...
Claro, que en otros países con más espacio para las personas —en la barra, en la acera, en el ascensor, en el aula—, donde nos dicen «sí, señor» antes de terminar de hablar, nos cobran bastante más por una copa mucho menor. En otros lugares aprenden inglés no sólo porque hay menos doblaje de películas, sino porque tienen cursos menos cargados y menos puentes y fiestas de guardar; en suma, porque lo hace posible una organización imbuida de elegante sencillez. A mí este fárrago de entes me parece criminal, preparatorio de una hecatombe previsible y evitable, y a otro (como diría nuestro señor don Quijote) le parecerá otra cosa.
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