Tuvo la osadía de montar un teatro privado. Y cinco años después aún no se ha partido la crisma en el intento. Lo cual ya es todo un milagro en una ciudad timorata y perezosa como la nuestra. Valgan algunos datos: el pasado año Teatro Avanti programó más de 160 actividades culturales y logró movilizar a 43.000 espectadores. ¿El secreto? Atrevimiento y trabajo. Mucho trabajo.
—¿Hay algo más atrevido que crear una empresa cultural?
—Si tuviéramos un fin lucrativo hubiéramos montado otro tipo de negocio. Esto se consigue con mucho trabajo. Y hay que hacerlo viable y con afán de permanencia.
Podríamos decir que la trayectoria de Julián Molina (Córdoba, 1968) es poco convencional dentro del universo de la escena. Por ejemplo: en su currículo profesional figura como titulado técnico especialista en automoción. Que, a todas luces, no parece ser una disciplina derivada de las artes escénicas. El caso es que sus padres se empeñaron en que se formara en una materia de provecho y desestimaron su natural tendencia a la historia y la literatura, asignaturas poco productivas. Se formó, por lo tanto, como mecánico y trabajó en una empresa de distribución de productos ultracongelados, donde pronto se ganó un bien retribuido puesto de agente comercial. «Con poco más de veinte años ya ganaba más dinero que ahora. Y era la envidia de mis amigos. Pero no me sentía pleno y lo dejé. Me tiré a la piscina sin nada a cambio», confiesa este actor y empresario de las artes escénicas.
—En este mundo economicista hay que estar un poco chiflado para renunciar a una nómina.
—Cualquier persona que se dedique al mundo del arte tiene que ser un convencido claro. Esto es una forma de vida. Y tienes que renunciar a muchas cosas. Lo cual no está reñido con querer vivir bien.
—¿Merece la pena el riesgo?
—Plenamente. Llevo ya más de veinte años viviendo de la escena.
—¿El miedo condiciona la vida de la gente?
—Mucho. Por el miedo hay personas que no arriesgan.
—Digamos que no siempre la estabilidad económica es lo más rentable para un ser humano.
—En efecto.
—¿Y qué es lo más rentable para un ser humano?
—La ilusión. Éste es el verdadero el motor de la vida.
Durante dos décadas ha vivido subido en una furgoneta haciendo bolos por media España. Teatro, pasacalles, animación, títeres. Lo que se pusiera por delante. Y ha formado parte de un buen puñado de proyectos sobre los que ha ido edificando su ya dilatada vida artística.
Larga trayectoria
Hizo su primera incursión en el mundo del teatro de la mano de la compañía Adoquín, formada por alumnos de la Escuela de Arte Dramático. Luego se enroló en propuestas de animación, principalmente con La Caja Mágica. Hasta que un intercambio europeo con un grupo italiano de Padua los introdujo en el mundo de los malabaristas, que precipitó más tarde la constitución de la Asociación de los Juglares de la Campiña. De esa experiencia nació el dúo de Los Filibusteros, junto con un cómico inglés, y poco después cuajó los Payasos Wilson, en pareja con Daniel Ceballos. Esta última formación ya dura más de 15 años, alguno de los cuales han registrado nada menos que 200 representaciones por temporada a lo largo y ancho de gran parte de la geografía española.
Con todo, su ejercicio de funambulismo más temerario ha venido de la mano de este proyecto cultural cargado de ambición y buenas intenciones. Teatro Avanti es la única propuesta empresarial de Córdoba que ha tenido el descaro de desafiar más de dos décadas de hegemonía escénica del Gran Teatro. Que es, de entrada, un acto de gratificante inconsciencia.
—Hubo un grupo de personas que nos reunimos y empezamos a gestionar un proyecto de espacios escénicos. Lo presentamos a la opinión pública y mantuvimos muchas reuniones con las administraciones para intentar aprovechar espacios públicos en desuso. Pero las reuniones no llegaron finalmente a ningún sitio. Fue una desilusión y decidimos acudir a la iniciativa privada. Entonces, encontramos en los Salesianos una apuesta clara, inmediata y sincera por el proyecto. Y ahí seguimos los tres socios: Paco Santofimia, Daniel Ceballos y yo.
Programación anual
El Teatro Avanti está ubicado en la calle María Auxiliadora, tiene aforo para 300 personas y mantiene programación estable durante todo el año, un hecho insólito para una iniciativa privada de esta naturaleza. La entrevista tiene lugar en la cafetería de enfrente de la sala. Poco antes, Julián Molina se ha sometido sin restricciones a la sesión fotográfica en un patio de butacas absolutamente desierto. Sobre la mesa, dos tazas de café.
—¿Qué son ustedes: suicidas o extravagantes?
—Somos unos convencidos. Nos mueve la ilusión. El artista llega a este mundo: lo ve, lo observa y dice: «Yo quiero dejarlo un poquito mejor de cómo me lo encontré».
—¿Les salen las cuentas?
—Sólo cuando le dedicas mucho tiempo a la calculadora. Y, sobre todo, porque no existe el reloj. Esto es una forma de vida. No hay horario. Las jornadas laborales son, en realidad, toda tu vida.
—¿Córdoba es un cadáver muy vivo?
—A nosotros nos llegan muchas iniciativas habitualmente. Somos esos oídos que escuchan siempre una propuesta. Nos vienen después de tocar las puertas en la administración. Lo que falta es colaboración entre las administraciones y la ciudadanía. A veces nos hemos sentido solos. Pero la respuesta del público es el motor de nuestro trabajo. Lo que nos da la respuesta para seguir en el proyecto.
—¿La cultura del «todo gratis» es cultura?
—Totalmente negativo. Soy un convencido pleno de que el «todo gratis» no hace que aumente la calidad ni la cantidad de los espectáculos. Ha hecho siempre mucho daño a la cultura. Y lo sigue haciendo.
—¿Cómo se combate la apatía?
—Con creatividad. Cada persona esconde dentro de sí una parte de creatividad. Sólo hay que recordar la desinhibición de cuando éramos pequeños y tener ilusión. Lo importante es siempre tener algún proyecto entre manos.
—¿Cómo se llena un teatro?
—Con dinero es muy fácil: contratas a alguien mediático y punto. El problema está cuando no tienes los recursos suficientes y quieres dar oportunidades a gente nueva. Entonces tienes que decirle al público que hay proyectos muy interesantes sin ser mediáticos.
—¿A qué viene la gente al Teatro Avanti?
—Viene por dos motivos: por entretenimiento y por enriquecimiento cultural. Y son dos elementos que no están reñidos.
—Sin ánimo de ofenderle, pero usted es un payaso.
—Yo soy un payaso convencido. En el mundo anglosajón, el payaso está en el plano más alto de la dramaturgia. Aquí es al contrario. Allí es un halago. Y hacer llorar es fácil, pero hacer reír no tanto.
—¿Qué es un payaso convencido?
—Alguien consciente de que a través de la risa se puede dejar un mundo mejor.
—¿Qué payasada no le hace ni pizca de gracia?
—La mentira, la hipocresía.
—¿Qué decisión municipal le da la risa?
—Un proyecto municipal muy importante, la Capitalidad Cultural, que yo espero y quiero para Córdoba. Pero, por favor, Córdoba Ciudad Cultural en el año 2011, y en 2012, y en 2013, y en 2017, y en 2018...
—¿La vida es puro teatro?
—La vida es como es. Yo creo mucho en la libertad y en la iniciativa personal.




