Apenas han pasado diez meses desde que la parcelación ilegal de Guadalvalle, que hunde sus irreconducibles cimientos junto al Guadalquivir, quedó prácticamente sumergida bajo sus aguas. Pero el cielo no tiene clemencia, ni entiende de penurias ni pérdidas, y ayer volvió a sacar al antiguo Betis de su cauce para meterlo en decenas de casas que besan la ribera. Las calles La Perdiz, Jazmín y Las Tórtolas son las más afectadas. En total, una veintena de familias tuvieron ayer que desalojar sus inmuebles.
José Carlos Calero fue uno de los residentes que abandonó su parcela ante la imparable crecida. Con el río rozándole los pies manifestaba su indignación e impotencia al no poder entrar en su vivienda. «Está todo inundado. Otra vez. No es justo que pase esto y la culpa la tienen los responsables de los pantanos que están desembalsando. ¿No han tenido todo el verano para hacerlo? Estamos otra vez con el agua al cuello».
Sus vecinos se apresuraban a ocupar cada milímetro de sus coches con enseres. Tamara Llamas ayudaba a su padre, que tiene una casa en Jazmín, a cargar los vehículos. «Después de las inundaciones de febrero, se fue al piso de mi hermano. Hacía poco que había empezado a traer muebles de nuevo aquí y ahora vuelve a pasar esto. A ver lo que nos podemos llevar. Lo más importante, los animales. A por ellos hemos venido», señaló, mirando al cielo.
En el número 26 de La Perdiz, Rafaela Castro y su marido, José Francisco Moya, ultimaban el tapiado de la puerta principal de su chalé con ladrillos. «Nos hemos llevado a mi piso de Córdoba lo que hemos podido. El resto de cosas, las hemos subido en alto. La otra vez se nos anegó todo porque el agua entró por un respiradero; pero ahora hemos taponado las posibles entradas y esperamos que esta vez los daños sean menores», señaló el patriarca.
Añadió que «la Policía ha estado desde esta madrugada por ayer avisando a los residentes de la parte más baja, la que está más cercana al río; otros vecinos se han ido avisando los unos a los otros».
Pero no sólo Guadalvalle ha sucumbido a la crecida del Guadalquivir. Vecinos de las parcelaciones de La Altea, Fontanar de Quintos y Pilar de la Vega en Alcolea también tuvieron ayer que dejar sus casas. En esta última barriada periférica, los agentes instaban ayer a los residentes a que sacasen los coches de la calle La Barca, que, sobre las 14.00 horas, estaba ya tomada por las aguas. «Esta vez parece que viene con más fuerza que en febrero», le comentaba una vecina a otra desde la puerta de su casa, observando con incredulidad el avance del río y sin querer apartarse del umbral de su vivienda.
Junto a ella, los residentes del número 14 subían las escaleras del inmuebles subiendo a la parte más alta televisores, bolsas cargadas de ropa y cajas con congelados.
En Majaneque, el río hizo igualmente acto de presencia para quedarse. Cuatro viviendas fueron desalojadas por los efectivos policiales, pero otras familias, como la de Antonia Pérez, aguantaba en el interior de la casa, suplicando para que el agua no cruzase sus puertas. «Aquí vivimos ocho personas, entre mis hijos, nueras y nietos, y si tenemos que irnos, sólo contamos con un piso de 49 metros cuadrados. ¡Allí no podemos meternos todos!», se lamentó la mujer entre lágrimas.
Sus nueras alzaban la voz con rabia, mientras explicaban que «si nos hubiesen avisado de que iba a pasar esto hubiese hecho unos portes; pero nos dimos cuenta de madrugada. Ya sólo nos queda esperar».
Otra amenazaba con «plantarse» en el Ayuntamiento para pedir «que nos den una casa, un sitio para poder vivir. Porque dicen que esto es zona catastrófica, ¡pero para coger dinero de los contribuyentes no importa!».
Agua en Torres Cabrera
En la zona de Torres Cabrera, los vecinos se lamentaban ayer de que no había año en que no se inundara la veintena de parcelas que conforman ese pequeño núcleo ubicado en el fondo de una vaguada y totalmente rodeado por ríos y arroyos.
Antonio Rojas, uno de los vecinos culpó, precisamente, de la situación al estado en que se encuentran los arroyos «totalmente llenos de maleza y sin capacidad para desaguar».
Por su parte, Inés Ruiz, también vecina de Torres Cabrera, tuvo que dejar su casa totalmente rodeada de agua e irse a un piso de alquiler en Córdoba. Durante ese tiempo, «los chorizos han venido y se han llevado todas mis gallinas y mis pavos», y han esquilmado también sus olivos.




