Córdoba

Córdoba / EN RECUERDO DE FILOMENO APARICIO

Un compromiso incansable

Día 24/02/2011 - 10.27h

Ha muerto Filomeno Aparicio, Filo. Es tremendamente doloroso y difícil que te pidan poner en negro sobre blanco lo que se siente en estos momentos, finalmente accedes porque piensas que no puedes negárselo, no a quien te lo pide, sino a quien te angustia con su pérdida.

Posiblemente lo más grande de Filo es que ni siquiera en estos momentos necesite que se glose todo aquello que ha hecho. Siempre ha sido un hombre incansablemente comprometido con la libertad y la justicia, un hombre de izquierdas, desde aquellos días en los años sesenta en que decidió dejar su Sevilla (primer socio juvenil del Betis, como le gustaba presumir) y venirse a una Córdoba dura, oscura y traicionera, y dedicarse a la abogacía, pero de izquierdas, en ese despacho con Rafael Sarazá. Formó el despacho de San Felipe (¡cuántos abogados hemos pasado por ahí!), contribuyó a que Comisiones Obreras en aquellos años de lucha antifranquista se formara, le rozó sin tocarle la masacre de Atocha por esas casualidades del destino, recurrió en el proceso autonómico de Andalucía, fue militante leal en el Partido Comunista —¡en esos años!—. Esta ciudad le debe mucho a Filo, los abogados laboristas y penalistas de esta ciudad le deben mucho a Filo.

Ha sido un hombre bueno, una buena persona, ¡qué mal utilizar una frase hecha!, pero así es, no podemos inventar otra para definirlo; si no hay necesidad de cantar hoy sus glorias, hoy que se ha ido, físicamente, es porque en vida ha tenido su reconocimiento. Algo curioso en una sociedad tan conservadora, hipócrita y cainita como ésta, quizás no tan distinta de la de otras ciudades, pero la suya, en la que decidió quedarse, y en un mundo, la abogacía, tan, tan poco dado a la sinceridad, a la amistad y al sano compañerismo, dejémoslo así, nunca le gustaban mis descalificaciones al gremio. ¡Qué raro que así y todo fuera una persona querida por todos! Pero, no nos engañemos, no es nuestro mérito, es su mérito sin proponérselo; su tremenda humanidad, sensatez y afecto desarmaban los prejuicios ideológicos hacia su persona; nunca ocultó su ideología, lo llevaba a gala, eran sus señas de identidad, nunca lo disimuló. Pero, otra vez, su sensatez, su franca y humana sonrisa, su afectividad y su humanidad vencían todo prejuicio, o eso quiero creer.

Cuando una persona querida se va, físicamente, siempre lamentamos no haber dedicado más tiempo a estar con él, sobre todo en los últimos días que ya sabíamos que nos podía dejar. En mi caso, vivir fuera de Córdoba estos años me ha privado de su compañía. Hace menos de un mes quedé con él y no pudimos vernos; al llamarlo siempre recordaré su respuesta: «Jose, estoy mal, muy mal», mi respuesta, disimulando el dolor y la pena: «¡Venga ya, Filo!, es lo que tiene la edad, unos días falla una cosa y otro día otra»: y su respuesta, con esa sonrisa franca, tan humana y turbadora: «Sí, Jose, eso, es la edad».

Filo, nunca podremos olvidar esa entrañable sonrisa.

José Antonio Cabanillas, un amigo, con el deseo de que así me recuerdes.

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