Escribir es una actividad que saca a la luz los secretos más ocultos. A muchas personas, esta vocación les permite poner de relieve aspectos de su naturaleza que permanecen inaccesibles incluso para ellos mismos. Aún así, los escritores se asoman al abismo.
—¿Escribir es una actividad cómoda?
—Visto desde fuera puede parecerlo. Todos los seres humanos guardamos vivencias bajo llave porque nos resulta imposible vivir cada día recordándolas. Sin embargo, el escritor, para que fluyan sus historias con naturalidad no puede poner muros de contención a su intimidad. Abrir las puertas a los demonios y sus abismos no tiene absolutamente nada de cómodo.
—¿Qué es ser escritor?
—Saberlo puede llevarte toda la vida. Pero no creo que sea preciso tener una sensibilidad especial. Lo que sí posee el escritor es la capacidad de concentrar sus sentidos en una única dirección con objeto de descubrir la esencia de las historias. Lo difícil viene después porque debe de tener su devenir cotidiano y, mientras los demás se dedican a vivir, él tiene que sentarse, coger papel y dar forma a sus ideas ya que de lo contrario no le encuentra sentido a nada.
—¿Por qué las biografías de los escritores suelen ser tan tristes?
—Es un trabajo tradicionalmente precario, una vocación en la que te sientes asediado desde varios frentes. No sólo has enfrentarte con la dificultad creativa, también cuenta que los ingresos económicos nunca los tienes garantizados. Antonio Machado estuvo toda la vida preparando unas oposiciones para ser profesor de instituto y no tenía dinero ni para comprarse un cinturón y Miguel Hernández pedía trabajo a sus amigos para poder comer. De tanto jugar con fuego, a veces, el escritor se quema.
—¿Para qué sirve leer un libro?
—Casi para lo mismo que el amor: para sacar a la vida su meollo, su mayor plenitud.
—¿Somos más de un barrio que de una ciudad?
—Hay barrios de Córdoba como San Agustín, Santa Marina o San Lorenzo, que hasta que no camino por ellos no tengo la impresión de haber regresado a mi tierra.
—¿Qué le está sorprendiendo más del pueblo japonés?
—Su entereza cívica. La serenidad, ese enfriamiento exterior del sentimiento que ayuda a reaccionar con más inteligencia y sensatez.
—¿Cree que le están dando una lección al mundo?
—Al contrario que Haití, Japón es uno de los países más desarrollados que existen y precisamente su grado de desarrollo lo está poniendo en jaque. Estamos aprendiendo que el exceso puede ser tan perverso como la carencia y que una sociedad sana no puede cimentarse sobre ninguno de estos dos principios. Es una lección muy dura para las naciones poderosas. Nos creíamos invulnerables y desde luego no lo somos.
—¿Qué le parece que Europa emplee la palabra «Apocalipsis»?
—Viendo las imágenes de Japón no se me ocurre que pueda ocurrirle nada peor a un país, salvo la destrucción total. Si esto no es el Apocalipsis, entonces prefiero no imaginarme el significado exacto del término. Es una de las mayores catástrofes naturales de la Historia pero mientras haya un solo hombre vivo la Humanidad no será derrotada. Y cuando el último hombre también caiga, quedará de nosotros un suspiro en el viento.



