Córdoba

Córdoba / TRIBUNA LIBRE

JIRONES DE SEMANA

Día 06/05/2011

Amediados del siglo XIII antes de Cristo, Moisés instituyó para siempre un día de descanso semanal, que si para el pueblo judío fue y sigue siendo el sábado, para el romano —por obra de la Iglesia y de Constantino— quedó establecido en el domingo. El llamado día del sol, dies solis, se transformó en día del Señor, dies Domini, por decreto del emperador. El libro del Éxodo ordena seis días de trabajo, «pero el séptimo día descansarás para que reposen tu toro y tu asno y se repongan el hijo de tu esclava y el emigrante». En Roma la prohibición del trabajo manual y de las sesiones de los tribunales el domingo, procede del año 321 (leo en Burckhardt) y así han permanecido las cosas durante más de tres mil años para los judíos, cerca de dos mil para los cristianos; esto es, en Europa, en todo el mundo occidental. Sólo en el siglo XX sumaron los ingleses un segundo día al descanso, como si el Imperio británico remarcara el origen de nuestra civilización judeocristiana, y sábado y domingo juntos se consolidaron como fin de semana, el grato fin de la dura semana de cinco días de labor. En esas estábamos casi todos. ¿No estaba bien así?

Por fas o por nefas, el sábado ha ido desapareciendo de la escena laboral, y en las enseñanzas primaria y secundaria porque se piensa, con toda razón, que los niños apenas ven a sus padres entresemana, en parte por los horarios dilatados de unos y de otros, y luego porque el trabajo y el colegio se hallan con frecuencia tan lejos de casa que los traslados aumentan literalmente la distancia entre padres e hijos.

La ley de Educación Primaria de 1945 estableció un año escolar que «durará, cuando menos, 240 días». Como esta expresión es ambigua, la ley de Educación de 1970 precisó un mínimo de 220 días. Ahora bien, esta cifra todavía descomunal incluía un sábado con actividades extraescolares, pero después, cuando los sábados desaparecieron, el calendario se contrajo peligrosamente. Y en la Universidad todos recordamos semanas de cinco días laboriosos, una tras otra, si bien nos faltaban unas cuantas para alcanzar lo que hoy llamamos el Espacio Europeo. Esto lo hemos logrado en los últimos años, pasando de comenzar alrededor de la Virgen del Pilar a la Merced.

Pero este año, cuando nuestros primeros cursos estrenan por fin el plan Bolonia de 60 créditos creíbles (la cuenta era: 600 horas lectivas, 20 semanales), una triquiñuela ha suprimido una jornada y la semana se reduce a unos pocos días: lunes y martes, por ejemplo, jueves y viernes. Imagine el lector los pedacitos que se dejan caer por el camino. Los pedacitos son días brutales que empiezan a las 8.30 y acaban a las tres, con horas dobles (de 120 minutos) que no son dables y que dejan para el arrastre: por eso se quitan con alegría en puentes estratégicos. Y nuestro estudiante, que falta mucho porque paga muy poco y no se estima lo barato, no conoce la semana sosegada de cinco días. Aquí no se cumple el refrán: «Agua blanda en piedra dura...».

En mi Facultad, producidos en serie en grupos numerosos gracias a una valoración optimista de nuestras posibilidades docentes, trabajan y se gradúan maestros no sé con cuánta holgura para alcanzar la maestría siendo antes discípulos, como se amonesta en Las Siete Partidas, en la primera ley de Educación en España. «Discípulo debe antes ser el escolar que quiera haber honra de maestro».

Y mientras discutimos si la lección magistral es antigualla medieval o recurso imprescindible, parece que los nuevos maestros difícilmente son capaces de redactar un informe; los profesores de secundaria, tres cuartos de lo mismo. Hemos preferido la docencia y se nota. Para no pocos profesores universitarios, eludir grupos de clase por investigación es prioritario y no entenderán que Unamuno, rector, nunca dejara sus dos horas diarias. Y recuerdo con melancolía que cuando en 1965 opositaban los maestros al cuerpo de Directores Escolares, la ilusión de algunos era... perder de vista a los niños.

Mientras elucubramos sobre la lección magistral y otros pormenores en nuestras universidades multiplicadas, me viene a la mente la fábula de Iriarte. Si el lector tiene cierta edad y aprendió algunas en la escuela, recordará con qué ridiculez discuten los dos conejos sobre los perros que los persiguen, si serán galgos o podencos. Estos jirones de semana ¿señalan el buen camino...?

Búsquedas relacionadas
  • Compartir
  • mas
  • Imprimir
publicidad
Consulta toda la programación de TV programacion de TV La Guía TV

Comentarios:
Lo ?ltimo...

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.